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martes, 30 de octubre de 2012

CARTAS DE LA INDIGNACIÓN



COSAS  DE OTROS

Un joven bastante allegado a mí me ha enviado un e-mail con el ruego de que incluya sus reflexiones en mi blog, a fin de darlas toda la difusión que me sea posible. Esta persona, que hace poco cumplió los 30 años, lucha como tantos otros por abrirse paso en el dificilísimo mundo laboral de nuestros días. Tras unos primeros años prometedores, luego vinieron regulaciones de empleo, cambios de trabajo, empeoramiento de condiciones laborales, bajadas de salario y desempleo. En su caso, la cualificación profesional, e incluso la experiencia de varios años, no le han ayudado demasiado. Como él, decenas de miles de chicos y chicas bien preparados y con ganas de trabajar, se han topado bruscamente con una de las caras peores de la crisis: el paro y la degradación de las condiciones de trabajo. Al mismo tiempo que pugna por encontrar una salida digna a sus aspiraciones profesionales, contempla la realidad social y económica que nos rodea, observa muchas mentiras y contradicciones, y se indigna ante el enfoque engañoso que se pretende dar a ciertos aspectos de la vida real. En mi opinión, no le falta razón. Sin más preámbulos, paso a transcribir su escrito.
“Estoy harto de escuchar y leer a muchos políticos, periodistas y ciudadanos cómo equiparan lo público con lo gratuito, como si fueran sinónimos. Es un gran ejemplo de falacia autocumplida: de tanto repetir que lo público es gratis, la gente se lo acaba creyendo.
Parece como si el dinero público lo generara el Gobierno, las comunidades autónomas o los ayuntamientos, o que saliera de la nada, o quizás de los bolsillos de los políticos. No se dice tan a las claras, pero indirectamente te van metiendo esa idea en la cabeza, es algo que te vas creyendo, hasta que un buen día ves en el impreso de matrícula de un módulo de grado superior lo que realmente cuesta el módulo, y lo que te va a “regalar” la comunidad de Madrid, para justificar que ahora tengas que re-pagar 200 euros de tu bolsillo y encima lo hagas con gusto.
Y aquí nos encontramos con uno de los problemas de fondo de esta gran falacia que se esconde tras la crisis. El dinero público sale del dinero de nuestras nóminas, del IVA de los productos que compramos, de nuestras declaraciones de la renta, de la gasolina que repostamos, etc… y se utiliza para que exista un sistema público, el Estado en una palabra, que asegure la igualdad de todos los españoles en sanidad, educación, servicios sociales, cultura, etc.
Los ciudadanos elegimos cada cierto tiempo a unos señores en las urnas para que gestionen ese dinero público que ha salido del bolsillo de todos, y, como a todo gestor se les da un sueldo más que digno para desarrollar esa función, no lo hacen gratis en absoluto. La crisis viene en gran medida porque esos gestores han gestionado mal nuestro dinero (cuando no se han beneficiado directamente de él), dinero proveniente tanto de gente de derechas como de izquierdas, de nacionalistas o apátridas, de todos los que en definitiva pagan sus impuestos en España.
Esto es algo así como si tuvieras unos ahorros y contrataras los servicios de un gestor privado que invirtiera tu dinero para que esté, cuanto menos, seguro e incluso que aporte algunos beneficios. Y al cabo de unos años te encontraras con que el gestor ha hipotecado tu casa, ha pedido créditos a diestro y siniestro, y te tienes que hacer responsable de tan nefasta gestión, porque eres tú mismo el que va a pagar sus errores.
Esto va mas allá de las ideologías. Se trata de una simple cuestión de buena administración. Nosotros no hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, sino que simplemente se nos ha dado a entender que podíamos vivir así, que no había motivo para preocuparse porque nuestro dinero estaba en buenas manos. Parecía normal que todas las capitales de provincia pudieran exigir una estación del tren de alta velocidad, un aeropuerto, una gran ciudad de la cultura, unas largas autovías subterráneas, etc., porque había dinero de sobra, cuando la cruda realidad es que era mentira, que había que pedir cuantiosos créditos para gestionar promesas que solo pretendían ganar elecciones.
En resumen, resulta que el dinero de nuestros impuestos no era suficiente, y que estos pésimos gestores de lo público han ido pidiendo fondos prestados para ir ocultando la mala gestión que se ha hecho de nuestro dinero público. Todo se ha destapado, pero ¡no hay responsables!, sino que nos hacen creer que la culpa es del ciudadano, que no podemos vivir a costa del Estado, que un universitario debe pagar el doble de lo que venía costando su matrícula en años anteriores, que los parados no deben “mamar de la teta” del Estado sin “nada” a cambio.
Lo que expongo es independiente de que el gobierno sea de derechas o de izquierdas. No se trata de cuánto tiene que ocupar “lo público” en la vida de la nación, sino que, tenga la dimensión que tenga, debe gestionarse bien PORQUE ES NUESTRO DINERO, no el de los políticos. Si un partido político liberal quiere reducir lo público, debe decirlo sin ambages en su programa electoral y, si gana las elecciones, debe hacerlo impecablemente bien, sin que queden en el debe de los ciudadanos deudas que no se puedan pagar. Y lo mismo debería ocurrir con un gobierno progresista/ socialista.
No nos dejemos engañar, nosotros (los ciudadanos) somos los dueños del dinero, y ellos (los políticos electos) los gestores contratados para hacer buen uso de él. Sólo pido que no se diga que lo público es gratis, o incluso subvencionado por el Estado. La realidad es que está sufragado por todos y cada uno de nosotros, porque así lo hemos querido. Si se quieren cambiar las cosas, que se cambien por mayorías amplias, pero llamando a las cosas por su nombre, sin mentiras.”
          Hasta aquí el comentario que me traslada este joven. No quiero añadir nada más, a excepción de subrayar otra falacia a la que nos tienen muy acostumbrados los políticos y gobernantes del PP, y es la idea absurda e infame de que lo público está, “por definición”, mal gestionado y que la iniciativa privada siempre es más eficaz y rentable. Rentable, ¿para quién? Ya he hablado de esto en otros posts de mi blog, y he dejado bien claras mis posiciones al respecto.


http://elmiradordedonfrenando.wordpress.com/2012/09/22/carta-de-un-joven-indignado/

EXTRAVÍOS: Ni de izquierda, ni de derecha:  


Ni de izquierda, ni de derecha

   
   Hace tiempo que pienso que los lemas y los eslóganes que leemos en las manifestaciones son el alimento ideológico de los perezosos. Sus argumentos campanudos y rimas de villancico no soportarían la menor tentativa de un análisis semántico medio serio. Con todo, su mayor delito consiste, la mayoría de las veces, en la demagogia o en la simplificación, y solo en casos más graves incurre en un crimen mayor: el de la falacia. 
    Un caso de esta especie ha sido el detonante de este artículo. Se trata de un lema que ya hizo fortuna en su día, durante las primeras revueltas de los indignados, y que ha vuelto a surgir recientemente con motivo de las reivindicaciones a favor de los servicios públicos. Dice así:

    "No somos de izquierda ni de derecha. Somos los de abajo y vamos a por los de arriba".

    Difícilmente podría encontrarse un ejemplo más flagrante de oxímoron encubierto, de aporía sofística, de lógica auto cancelada... En la primera frase se dice alegremente (este artículo mostrará por qué esta afirmación es imprudente), que el sujeto, es decir, el "nosotros" implícito de la oración, no se enmarca ideológicamente en ninguno de los lados del espectro político al uso. Pero a continuación, y sin mayor empacho, lanza un órdagoque le inserta, irrevocablemente, en el filo siniestro del mencionado espectro, es decir, en la izquierda más extrema. Pues solo quienes profesan esta ideología, ya sea en forma de comunismo, anarquismo, sindicalismo o cualquier otro -ismo de más moderno cuño, considera comoaxioma innegociable que la sociedad está verticalmente partida en dos estratos: el de abajo, conformado por los trabajadores, los obreros, los pobres o, genéricamente, "el pueblo"; y otro estrato, el de arriba, formado por una élite corrupta de jerarcas y capitostes a los que se aúna bajo el término "opresor". Y es que, si bien la derecha no hace ascos a una jerarquía dinamizada por el mérito de los individuos (si es rígida hablaríamos de absolutismo o de fascismo), su estructura piramidal es harto más compleja que la de la consigna puesta aquí en entredicho, y sus miembros inferiores no miran a los superiores con el deseo de hacerlos tambalear, sino de llegar a codearse con ellos. Así pues, y terminando nuestro análisis, lo que viene a decir la consigna, una vez desenmascarada, sería algo como: "No somos ni de izquierdas ni de derechas. Somos de izquierdas". Un suspenso en lógica y otro en ética. 
    Pero, ¿acaso es posible, yendo más allá del buen uso de la lógica aristotélica, no ser de izquierdas ni de derechas? Pese a que más de un todólogo contestaría que tal cosa es una ventolera, aduciendo que toda actitud es encuadrable en alguna coordenada del espectro político, lo cierto es que es posible no ser ni rojo ni facha, o sea, no sentirse identificado con ninguno de los arquetipos paridos en la histórica Asamblea de la Francia revolucionaria y, pese a todo, no ser un cínico ni un nihilista. Pues resulta que, aun dando por sentado que el omnipresente espectro condense el cien por cien de las opiniones, gestos y actitudes delhomo politicus, nadie ha probado todavía la hipótesis de que el hombre sea reductible a su dimensión laboral y económica y que deba, por tanto, regir sus acciones y pensamientos según tales parámetros, como tantos politiqueros nos invitan a hacer.
    Pero no he de adelantarme a mis conclusiones. Pues antes de nada es preciso que dibuje, a través de mi propia visión de los hechos, las razones por las que puedo considerarme, con toda propiedad (y al contrario de quienes enarbolan el taimado estribillo), como habitante de ese limbo al que algunos izquierdistas, y más de un derechista timorato, dice pertenecer cuando siente en su moral el peso de las muchas etiquetas que le imponen.

    Al grano...

    ¿Por qué no soy de izquierdas?

    Porque no creo en el ideal futuro que propone como meta de la sociedad, que oscurece con su sombra cualquier presente, redudiéndolo a cenizas en una jadeante carrera por alcanzar un Bien abstracto y sin rostro, que no es más que una entelequia fabricada a la medida de una mente estrecha.

    Porque, practicando el exabrupto y la ferocidad dialéctica sin tregua, se ha hecho con el monopolio del discurso moral dominante, forzando a las personas de ideología opuesta a ocultar sus principios para no ser despreciados o etiquetados como fachas. Porque, en su sector más zurdo, es terriblemente maniquea, y segrega a las personas en castas según su cuenta corriente o su postura ideológica, no dejando espacio para las medias tintas: o eres de arriba, o eres de abajo.

    Porque, aunque diga aspirar a un mundo libre de opresores, solo vive y respira en presencia de su opuesto, y se anula a sí misma cuando carece de un enemigo contra el que luchar. Porque no sabría qué hacer con la libertad si la obtuviese. 

    Porque no creo que ser consciente y solidario implique estar siempre ceñudo e indignado, llegando al extremo de considerar sospechoso a todo aquel que, "con la que está cayendo", se dice a sí mismo feliz y satisfecho. Porque, desde esta óptica siniestra, nadie podría ser dichoso hasta que no lo sea el último microbio del planeta.

    Porque aboga más por la exigencia de derechos, siempre a base de denuncias y de gritos, que por la aportación a través de los deberes, educando a sus hijos en la idea de que el mundo está en deuda con ellos nada más nacer, y llegando al despropósito de considerar que la desdicha de los individuos es achacable en buena medida al Estado.

    Porque confunde los derechos naturales (derecho a la vida, derecho a la libertad de expresión, derecho de culto) con los derechos adquiridos(derechos sociales y derechos laborales), incurriendo en la falacia de afirmar que una subida de veinte céntimos en el bono de transporte o el incremento de la edad de jubilación atentan contra la dignidad humana.

    Porque es dada al colectivismo, entendiendo a la sociedad como un ente con sustancia de individuo, y llegando, en casos incurables, a creer que "el pueblo" nunca se equivoca. Porque aboga por las acciones en masa de carácter coreográfico y, en su versión más radical, por un igualitarismo fanático que va en detrimento de la autorrealización de los individuos, que es el verdadero y único motor de la evolución de las sociedades.

    Porque, como corolario del punto anterior, entiende que los pueblos progresan a través de acciones orientadas a lo externo y colectivo, como son el incensante parcheo legislativo o la reforma crónica de las instituciones, e ignora que el resorte último del progreso (que no de las revoluciones) descansa en la conciencia particular de los sujetos, sin distinción alguna de su extracción social o sesgo ideológico.

    Porque, en sus facciones socialista y socialdemócrata, consuma el laicismo al precio de borrar toda huella de trascendencia en el alma humana, mientras que en su versión post-moderna (movimientos alternativos y contra-culturales, ecológicos y feministas) promueve una espiritualidad de jardín de infancia, obtusa y sensiblera, que busca la Unidad en algún tipo de comunión social o ecológica.

    ¿Por qué no soy de derechas?

    Porque no creo en su pesimismo antropológico, según el cual el hombre es incapaz de trascender su egoísmo natural, infiriendo de ello que la única forma de regular la sociedad es mediante la represión dictatorial (fascismo), o mediante el libre albedrío de unos individuos-comerciantes (liberalismo), que habría de dar lugar, según la famosa teoría de Adam Smith, a un bien global como resultado del egoísmo de las partes.

    Porque, malentendiendo el principio hegeliano de conservación, que busca actualizar la herencia histórica en el presente, convierte tradiciones en sacramentos de orden nacional, pasando por encima de toda consideración ética (como en el caso de la tauromaquia), o por encima de toda lógica y raciocinio (como en el caso de su noviazgo con la Iglesia).

    Porque educa a las personas en la idea de que el mundo es una guerra, donde cada uno gana en función de su esfuerzo, ignorando el factor de azar inherente a la existencia y penalizando el fracaso. Porque da a entender que, en última instancia, mi éxito depende de saber cuándo ha llegado el momento de pisar al otro.

    Porque glorifica la manida e irrisoria figura del "emprendedor", del "hombre hecho a sí mismo", siempre reducido al ámbito de la empresa y de los negocios, delatando así su convicción de que la autorrealización de las personas es proporcional al capital que acumulan, y llegando al extremo de considerar nociva cualquier forma de subsidio o de ayuda económica por parte del Estado.

    Porque, en lugar de promover la libertad auténtica, que consiste en desapego a los deseos y las necesidades, proclama una libertad impostora cuyas premisas son la propiedad privada y el poder adquisitivo.

    Porque empobrece el concepto filosófico de individualismo, embutiéndolo en un contexto económico y capitalista, y forzando, a todos aquellos que desean ir más allá de su egoísmo, a la búsqueda de algún dudoso bien colectivista.

    Porque no se saca de la boca la palabra "competitividad", a la que considera como el valor por excelencia de toda nación moderna, cayendo en el absurdo de creer que todos los países pueden, simultáneamente, importar menos y exportar más que los demás, en lugar de comprender que tal programa nos aboca ad aeternum a un carrusel de expansiones y recesiones.

    Porque, debido a su fijación por la competitividad, y midiendo siempre el progreso por índices económicos globales, no quiere ni oir hablar de propuestas de "decrecimiento". Porque, en línea con ello, su conciencia ecológica solo se activa cuando ve amenazada su supervivencia.

    Porque, aunque dice abanderar los valores de la Iglesia, su religiosidad es postiza e hipócrita, abrazando los ritos solo porque confieren unidad cultural a la nación, y perpetuando con ellos creencias irracionales y dogmáticas.

     ¿Por qué no soy ni de derechas ni de izquierdas?

    Porque ambas son solidarias de una concepción del hombre fragmentaria y mezquina, según la cual los garantes de la felicidad humana son las condiciones materiales, sociales y económicas. La izquierda, de mentalidad subsidiaria, apostando por una sociedad donde las necesidades básicas se encuentren garantizadas por un Estado benevolente, cuyo carácter no-opresivo redundaría de forma automática en la libertad y la realización de los individuos. La derecha, con su mundo en forma de tablero de ajedrez, porque cree que la ocupación más digna del hombre ha de ser la de ganarse su sustento a través del esfuerzo y la optimización del beneficio y, en casos de excelencia, coronando su mérito con algún tipo de reconocimiento social. 
    Porque ambas son, cada una a su manera, esencialmente materialistas, al creer que el alma humana se colma mediante bienes materiales, ya sean estos otorgados por el Estado (izquierda) o alcanzados por el individuo (derecha). Porque, en definitiva, son enteramente miopes a la dimension existencial y espiritual del hombre, abocándolo a un mundo sórdido y prosaico, donde el ciudadano más digno es, para la una, el incansable activista que reclama sus derechos y, para la otra, aquel que consigue un chalet con piscina y un título nobiliario.

    Por supuesto, no faltarán quienes busquen adscribir este desmarque mío, esta toma de distancia, dentro de algún -ismo, ya sea uno conocido o cualquier otro inventado para la ocasión. Para la izquierda, en su afán maniqueo de etiquetar como enemigo todo cuanto no es ella, quien comulgue con lo escrito no será más que otro facha que niega su ascendencia, o un egoísta insolidario, ciego e indiferente ante los males que azotan a la humanidad. Para la derecha, más benévola con los neutros, será nada más que un excéntrico, un espíritu libre, un alma ingenua y bella... 
    Pero, ¿es que queda todavía algo que hacer, una directriz a que atenerse, para quien rehúsa aprisionarse dentro de los estándares vigentes y que, para colmo, se niega a bautizar su credo con neologismo alguno? Si alguien me hiciera esta pregunta, le respondería con el silencio, que es el más sabio y elocuente de los discursos. Y si me obligara, a fuerza de insistencia, a explicarlo con palabras, le aconsejaría leer Carta a un joven indignado, donde se perfilan algunos de los rasgos de quien ha trascendido la condición de homo politicus; esa losa impuesta por los encorbatados doctores del hemiciclo, pero también por los voceros de la plaza, los llorones y los quejicas de la pancarta en alza. Y si la persona con quien hablo fuera uno de esos perezosos que se contentan con leer eslóganes y graffitis, le regalaría con gusto su retruécano, y le diría que más allá del velo dormita algo invisible y misterioso, algo sin nombre que nos constituye como humanos: ese Silencio que sopla cuando el estruendo hace una pausa, al que tanto miedo tiene, y del que nada quieren saber ni la derecha, ni el centro, ni la izquierda.

   


http://www.youtube.com/v/kZKRnX9CK6k&rel=0&hl=en_US&feature=player_embedded&version=3


Monografías generales

Carlos Taibo. En defensa del decrecimiento: sobre capitalismo, crisis y barbàrie. (2011) Editorial la catarata. Madrid.

Abadía, Leopoldo. La crisis ninja y otros misterios de la economia actual. (2010) Editorial Espasa.

Monografías específicas

Carlos Taibo. Nada será como antes: sobre el movimiento 15-m (2011). Editorial la catarata. 

Andrés Ramos Palacios. Carta a un joven indignado. (2011) Mandala Ediciones.

Artículos de revista

De la Fuente, S. ¿Indignados o comprometidos? (23/02/12) Spectrum Magazine.


Sainz Borgo, Karina. Vargas Llosa critica a los indignados y a la “democracia de la calle”. (16-05-2012). Vozpópuli.


Comentario

El movimiento indignado es un tema que ha dado mucho de que hablar y ha recorrido mundo; ¿contra qué protestan?, ¿es un movimiento pacifico como dicen?, ¿quién demuestra menos violencia?, estas son solo tres de las preguntas que más se oían hace unos meses. 

Con las cuatro monografías y los dos artículos de revistas científicas mencionadas más arriba podemos fijar-nos en que este movimiento constituye un fenómeno de gran significación social y valor emotivo, para algunos carente de un marco teórico consistente y abocado y para otros simplemente adecuado a la situación y el momento.

Todo el movimiento viene erradicado por la actual crisis económica de la cual nos hablan Carlos Taibo y Leopoldo Abadía en las monografías generales. Podemos hablar de crisis Ninja, decrecimiento o barbarie, pero que nos encontramos en un momento difícil es algo en lo que coincidimos todos. Los desalojos, despidos y la subida de precios empezaron a remover un movimiento individual que se fue globalizando según nos dice Andrés Ramos Palacios. De ahí que surgiera el movimiento que hoy denominamos 15-M y el pensamiento de “nada será como antes” del que tanto habla Carlos Taibo en la monografía específica citada más arriba. Como dice el autor, “poco sé de lo que el futuro nos va a deparar. Aunque los escépticos predominan, bueno será que subrayemos que el 14 de mayo no dábamos un duro por las movilizaciones que se anunciaban. Que lo vamos a tener difícil –ya lo he señalado- es evidente. Casi tanto como que se abre un escenario nuevo, claramente mejor que el de antes de ayer.”

Como en cualquier tema hay gente a favor y hay gente en contra de este movimiento y otros que simplemente pasan del tema. Pero en la sociedad en la que vivimos, eso no es nada nuevo.
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SINOPSIS

Carta a un joven indignado es un ensayo social y filosófico nacido como respuesta personal al movimiento 15-M. Está dirigido tanto a su vertiente más popular como a su vertiente ideológica, representada por Democracia Real Ya y demás grupos adheridos. Adoptando la forma de una carta dirigida desde el extranjero a un joven indignado, la intención principal del escrito es la de hacer explícitas algunas de las ideas que alientan el movimiento 15-M, cuestionándolas desde un punto de vista crítico. No obstante, y pese al tono de rigor, no se trata de una censura del movimiento sino de una aportación constructiva y una inyección de ideas a lo que, desde el punto de vista del autor, constituye un fenómeno de gran significación social y valor emotivo, pero carente de un marco teórico consistente y abocado, por ello, a la esterilidad y la pérdida de rumbo. Los temas tratados presentan una enorme heterogeneidad, inscribiéndose en materias tan variadas como la historia, la psicología evolutiva, la sociología o la filosofía; no obstante, puede decirse que todos ellos se apoyan en un mismo zócalo: el cuestionamiento de la eficacia de una estrategia basada exclusivamente en el «ataque al sistema». Como se explica en la carta ―para lo cual se hace uso de una documentación extensa―, dicho abordaje resulta parcial e insuficiente, pues se encuentra condicionado por una herencia ideológica caduca que pasa por alto el requisito de todo cambio social profundo y duradero: el de una revolución llevada a cabo en el ámbito individual.
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