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lunes, 9 de julio de 2012

¿Queremos decir Educación... o Lavado de cerebro?



Caramelos robados
Cómo pronosticar el futuro de un niño usando caramelos
Autor: Eduard Punset 31 mayo 2009


La pregunta sería: ¿podremos predecir, en función de su capacidad para controlar sus impulsos, cómo se comportará un niño cuando sea adulto? Si le digo a un niño que de los dos caramelos que dejo en su mesita ya puede contar con uno, pero que si es capaz de esperar 15 minutos a que yo vuelva le daré los dos, ¿qué pasa entretanto en su cerebro? ¿surge alguna correlación entre la decisión de no esperar ahora y los suspensos cuando lleguen a la universidad? ¿Los éxitos profesionales de los adultos, por el contrario, se pueden rastrear por la fuerza de voluntad que les permitió cuando tenían cuatro años esperar a que volviera la profesora y ganar así dos caramelos en vez de uno?


Walter Mischel

El psicólogo Walter Mischel, de la Columbia University de Nueva York, desarrolló el experimento de los dulces y siguió a los niños del experimento a lo largo de 20 años. Mischel estará en Redes el domingo 21 de junio.
Claro, ya lo sabemos. Hay que ser prudentes. Una cosa es relacionar dos fenómenos distintos y otra muy diferente es sacar conclusiones precipitadas sobre los nexos de causalidad entre uno y otro fenómeno. Es perfectamente imaginable que exista una correlación entre la falta de voluntad ahora y una vida desastrosa cuando se alcanza la mayoría de edad. Que exista una correlación, pero no necesariamente un nexo de causalidad. Que lo primero no provoque lo segundo. Eso es lo que les diría un científico precavido y preocupado por lo que dirán los demás de sus hallazgos. Pero a mi edad ya no soy tan precavido como antes y me importa algo menos lo que dirán los demás de lo que estoy descubriendo. Quiero, pues, que mis lectores se enteren de un hallazgo fascinante que ha costado algo así como 40 años comprobar y que está lleno de implicaciones para el futuro de la educación.
El experimento que está en la base de lo que estoy sugiriendo empezó realmente hace 40 años. Se tenía a los niños encerrados con sus dos caramelos en una habitación y se los vigilaba por el hueco de una cerradura de vez en cuando. Hoy, claro está, se los filma permanentemente y hemos podido descubrir así la verdadera agonía que sufren algunos de los niños enfrentados a dominar sus instintos más primarios. Por otra parte, ahora también se intenta observar lo que pasa en su lóbulo mediano central –entre las dos cejas–, con imágenes de resonancia magnética. El experimento ha confirmado intuiciones u observaciones interesantísimas sobre la importancia de la evolución cerebral a esas edades. Por ejemplo, no pretendan que un niño de tres años pueda distinguir entre pasado y futuro pero la dimensión del tiempo se dibuja clarísimamente a partir de los cuatro años.
Dejemos de lado la precaución a la que me refería antes para no confundir coincidencia y causalidad. La verdad es que, en promedio, después de un seguimiento sistemático efectuado durante 20 años es muy difícil negar que los niños de cinco años proclives a dejarse llevar por el impulso de comer el dulce siguen sin saber reprimir sus instintos cuando alcanzan la adolescencia; sus notas académicas son peores que las de aquellos que supieron dominar sus impulsos más primarios; son más infelices y están provocando mayor desasosiego a su alrededor.
Hablando en plata, estamos por fin descubriendo los trucos a que recurren los niños para controlar sus impulsos –distraerse, darse la vuelta ignorando el caramelo tentador, entre otras estratagemas– o, lo que es lo mismo, la prioridad que deberíamos otorgar al aprendizaje emocional. La ciencia está corroborando ahora que la gestión de las emociones básicas y universales debería preceder a la enseñanza de valores y, por supuesto, de contenidos académicos. Les va, a los niños, su vida de adultos.


Señor Eduardo Punset :

No estoy de acuerdo con este experimento..ateniendome a lo  que se expresa en la entrada:
- "La verdad es que, en promedio, después de un seguimiento sistemático efectuado durante 20 años es muy difícil negar que los niños de cinco años proclives a dejarse llevar por el impulso de comer el dulce siguen sin saber reprimir sus instintos cuando alcanzan la adolescencia; sus notas académicas son peores que las de aquellos que supieron dominar sus impulsos más primarios; son más infelices y están provocando mayor desasosiego a su alrededor."
Me pregunto que clase de niños fueron todos los imputados  y por imputar en los casos de corrupción ya sea política, eclesial, bancaria,judicial,  etc, etc...( los Urdangarin tambien ) ¿ no sacaban buenas notas ellos? porque en caso contrario entonces me pregunto cómo ocupan puestos de autoridad o relevancia incluyendo  altos cargos (?). Expliquenme esto y después hablamos

...........El director del colegio de mi hijo me dijo en cierta acasión que la "inteligencia es cuestión de dinero" me quedé estupefacta, la verdad, pero pensandolo bien creo que cierta posición social beneficia los enchufes, los arreglos, las escaladas y también mas posibilidades de pagar clases particulares con buenos profesores lo mismo que buenos colegios ( en vista de lo poco que se han preocupado todos los gobiernos que tuvo España desde la transición de invertir en educación de la máxima calidad y priorizando en la infancia (que es la que marca y de ella depende todo lo que venga después)
Creo que los que cogen el caramelo nunca han dejado de hacerlo sobre todo cuando convencen a los inocentes que esperan por el 2º de que  son otros  los que se lo han comido.....

H. Couto

LA DUDOSA RELACIÓN ENTRE DINERO Y MORALIDAD

"La mentalidad que tienen los ricos les hace aún más ricos"

"La mentalidad que tienen los ricos les hace aún más ricos"

Si limitáis mi poder, os dejo y me marcho. Eso es lo que pareció pensar el príncipe Alois de Liechtenstein cuando amenazó con abandonar su papel de Jefe del Estado si el referéndum que se realizó hace tres días, y que finalmente se saldó a su favor, le retiraba su derecho a vetar todas las decisiones del parlamento de su país. La del hijo del rey Hans-Adam II es una de las grandes fortunas del mundo, con más de siete mil millones de dólares en su haber, y esta pataleta no es la primera protagonizada por la familia: su padre recordó a la población que vendería su castillo a Bill Gates después de recibir fuertes críticas por parte de sus súbditos, a los que recordó que sin su familia, no habría Liechtenstein. Es uno de los poco éticos comportamientos que el psicólogo social Paul Piff, de la Universidad de Berkeley, ha catalogado como propios de los ricos en sus célebres investigaciones.
En su portada de julio, el New York Magazine publica un artículo en el que se describen las últimas investigaciones realizadas por Piff, célebre desde el pasado mes de febrero por publicar un artículo científico en el PNAS (el diario de la Academia Nacional de Ciencia estadounidense) que defendía quecuanto más dinero posee una persona, más inmoral es su comportamiento.
El experimento descrito en las páginas del mensual neoyorquino rema en la misma dirección: dos estudiantes, descritos como “el rico” y “el pobre” se enfrentaban en una partida de Monopoly. Con una particularidad: las reglas no se aplicaban de la misma manera para los dos jugadores, sino que mientras que el rico comenzaba con 2.000 dólares y obtenía 200 más cada vez que pasaba por la casilla de salida, el pobre lo hacía con 1.000 y su bonificación se limitaba a 100 dólares. Justo la mitad. En consecuencia, según relata la periodista Lisa Miller, “no sólo le estaba ganando, sino que le estaba propinando una buena paliza”. Y describía cómo los gestos del “rico” pasaban del desconcierto inicial a una impertérrita y fría efectividad, acompañada por ademanes de suficiencia.
Los resultados son apolíticos, afirmaba Piff¿Pero puede dicho experimento servir para defender que, efectivamente, el dinero nos hace malos, como aseguraba el previo estudio de Piff? Según el mismo, los que disponían de un mayor bienestar estaban más inclinados a hacer trampas, a mentir conscientemente en una negociación, e incluso a robar un caramelo o a acelerar con su coche cuando veían a alguien de menor nivel. En definitiva, “el dinero fomentaba el interés personal y la falta de escrúpulos”, según el investigador. Una idea que contradecía aquella célebre de Émile Durkheim, que postulaba la necesidad de una regulación en toda sociedad porque “ya sea en los peldaños de arriba o de abajo de la escalera, la codicia se despierta por todas partes”. La tesis de Piff era que, precisamente, es la posesión de bienes materiales lo que provoca la aparición del egoísmo.

Una bibliografía creciente
La evidencia científica es cada vez mayor en ese sentido. No se trata tan sólo del caso de Piff, sino de otros compañeros de su departamento como Michael Kraus, que se encuentra en proceso de preparación de un artículo que describirá de qué manera la visión del mundo de los ricos provoca que lo sean aun más, y cómo la de los pobres los lleva a no ascender en la escala social. El propio Kraus defendía en un artículo publicado el pasado año en el Journal Of Personality and Social Psychology que un mayor poder social conllevaba una mayor facilidad para plantearse metas y alcanzarlas, y en otro anterior llamado Clase social, contexto y precisión de la empatía, que los pobres se preocupaban más por las consecuencias de sus actos en su entorno que las clases altas, otro estudio que levantó ampollas en su día.

En cierta forma, este tipo de investigaciones son una evolución de los descubrimientos de la primatología de Jane Goodall que describieron cómo la jerarquía social repercute en el comportamiento de los animales. Sin embargo, se ha considerado también como otro capítulo más de la batalla por la ciencia entre Republicanos y Demócratas, que después de las controversias sobre el evolucionismo o el cambio climático, parece estar comenzando a trasladarse a las Ciencias Sociales, donde aparentemente los resultados de un estudio pueden estar mucho más abiertos a la interpretación que en las así llamadas Ciencias Puras.

¿Una investigación dirigida?
Rápidamente, Paul Piff fue criticado por la metodología de su estudio, donde las variables se encontraban lo suficientemente situadas para demostrar una tesis prefijada de antemano. Piff se defendió recordando a Bloomberg que “los resultados son apolíticos. ¿Me habría entusiasmado menos si hubiésemos encontrado que la gente de un estatus mayor fuese más generosa?”, se preguntaba. “Pues sí, pero no es eso lo que encontramos”.
Entre las voces críticas del ámbito educativo que criticaban a Piff se encontraba Meredith McGinley, Profesora Asistente en la Universidad de Chatham de Pittsburgh, que atacaba directamente el experimento en el que los conductores de coches de lujo se comportaban peor, entre otras razones porque “tener un coche llamativo no significa necesariamente que el que lo conduce sea rico”. Algunos medios titularon sus piezas bajo el nombre de “Los conductores de automóviles de lujo son unos gilipollas”, una forma de ironizar sobre las generalizaciones que establecía el artículo.
Berkeley, una universidad pública, tiene una proporción de doce demócratas por cada republicanoUn sector de los críticos con Piff argumentaba que los encuestados no eran ricos, sino un grupo de voluntarios de los foros deCraigslist a los que simplemente se les daba dinero y se les pedía que se comportasen como millonarios. Además, se recordaba que el investigador ni siquiera ha alcanzado aún el grado de doctor, y que su estudio podría ser una forma de hacer que su nombre aparezca en los grandes medios de comunicación y sea motivo de debate en los círculos académicos, por equivocado que pueda resultar.
“Anda, un artículo realizado por la Universidad de Berkeley. A lo mejor puede ser un poco tendencioso”, recordaba otro comentarista de los foros del New York Times. Es otra crítica habitual: según la página web Students For Academic Freedomgran parte de las investigaciones están condicionadas por la inclinación política de la institución en la que se elaboran. En concreto, Berkeley, una institución pública, responde a una proporción de doce demócratas por cada republicano, según un estudio realizado por Andrew Jones del Centro para el Estudio de la Cultura Popular. Cuya metodología, a su vez, también fue objeto de debate al no basarse en encuestas electorales sino en una comparación con las tendencias de voto de cada Estado y la filiación a partidos políticos de algunos profesores.

Los ochenta. Wall Street.
Ningún libro ha definido mejor ni de forma más mordaz una era dominada por la cultura de la codicia, la frivolidad y la ambición desmesurada.
 
Tras completar sus estudios en Princeton y en la London School of Economics, Michael Lewis entró a trabajar en Salomon Brothers, uno de los mayores bancos de inversión del mundo. Lewis nos relata en primera persona lo que allí aconteció en los tres años siguientes a su incorporación, desde el insólito proceso de selección al que se vio sometido y su posterior experiencia como aprendiz, hasta su ascenso hasta la sala de negociaciones de la planta 41, epicentro del espíritu despiadado que gobernaba el mercado financiero en esa época.   
El libro retrata el ambiente de un banco de inversión, en el que jóvenes codiciosos con un instinto asesino vivían en la abundancia y arriesgaban hasta el último céntimo en apuestas imposibles. Nunca, como bien dice el autor en el prólogo, “tantos jóvenes poco cualificados de veintitantos años habían ganado tanto dinero en tan poco tiempo”. Se trataba de estar en el momento justo en el sitio correcto. Cualquiera con pocos escrúpulos y un ansia desmesurada podía llegar a lo más alto.
El póquer del mentiroso es un libro hilarante, irónico y mordaz que describe como ningún otro lo que sucedía entre bambalinas en Wall Street y en la City londinense de los ochenta. Es una narración que nos sumerge de lleno en el mismo contexto que ya retrataron libros como La hoguera de las vanidades o películas como Wall Street, pero esta vez desde el punto de vista único de quien ha sido protagonista de una era que algunos creyeron olvidada
.  

“La avaricia es buena”
Aunque muchos conozcan dicha frase (“greed is good”) por haber sido pronunciada por Gordon Gekko, el personaje interpretado por Michael Douglas en la película de Oliver Stone Wall Street (1987), en realidad pertenece a Ivan Boesky, uno de los agentes de bolsa más exitosos de todos los tiempos, y que definen, como señalaba Piff en un artículo de opinión delNew York Times, la mentalidad que ha dado lugar a la desigualdad entre ricos y pobres en su país. “Después de siete estudios diferentes y 25 años después podemos afirmar todo lo contrario, que la avaricia no sólo no es buena, sino que socava el comportamiento moral”. En el mismo texto, Piff pedía un aplauso para Greg Smith, el directivo que abandonó Goldman Sachs al considerar que el banco estaba más preocupado en hacer dinero que en servir a sus clientes. El contrapunto perfecto a Gekko y a Boseky, afirmaba el investigador.

Resulta curioso que Michael Lewis emplease otro estudio de un compañero de Piff en la Universidad de Berkeley, Dacher Keltner, para recordarle a los recién graduados de Princeton que no tenían nada de especial. Se trataba del experimento del líder que se sentía impelido a coger el último donut de la bandeja por el mero hecho de haber sido elegido cabecilla del grupo por azar, sólo por saberse (momentáneamente) superior. Sin embargo, el objetivo del autor de El póquer del mentiroso (Ed. Alienta) no era tanto poner de manifiesto la maldad intrínseca de los ricos como de recordarle a estos la suerte que tenían por serlo. Es decir, volviendo al primer experimento descrito,lo que Lewis pretendía era recordar a su auditorio que estaban ganando 100 dólares más cada vez que pasaban por la casilla de salida.