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miércoles, 20 de marzo de 2013

Israel, Estados Unidos, Palestina...




¿Quién manda? ¿Puede la cola menear al perro?
Adrienne Weller
abril de 2009

La blitzkrieg de Israel en Gaza el invierno pasado, como todas sus otras agresiones contra los palestinos, fue posible gracias al enorme apoyo financiero de EEUU para Israel, aproximadamente $3,000 millones al año, en combinación con el incondicional apoyo político — a pesar del uso de tácticas genocidas.
En años recientes ha habido una variedad de libros y artículos que atribuyen dicha relación letal a la influencia del bien financiado y organizado grupo de presión (lobby) a favor de Israel en los EEUU. El libro The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy, de los profesores John Mearsheimer y Stephen Walt, representa una perspectiva a favor del gobierno de EEUU. Otros textos adoptan un punto de vista antiimperialista, como los del profesor de sociología jubilado James Petras (The Power of Israel in the United States) y del autor izquierdista Alexander Cockburn (en The Nation y CounterPunch).
Estos escritores arguyen que cuando Israel dice "Salten", los Estados Unidos responden "¿Qué tan alto?" Este es un peligroso error. El pequeño, aislado y dependiente Israel no puede dar órdenes al gigante imperialista de EEUU de la misma manera que una cola no puede menear a un perro. Afirmar lo contrario encubre la culpabilidad de EEUU por los crímenes contra los palestinos e impide la lucha por la justicia en el Oriente Medio.
Al servicio de los intereses de EEUU. Después de la Segunda Guerra Mundial, los EEUU se convirtieron en el poder más importante del mundo y comenzaron a arrebatarle a Inglaterra el control del Oriente Medio.
El apoyo a Israel se intensificó en la década de 1960 cuando el presidente Kennedy autorizó la primera venta importante de armas a Israel. Esto fue parte de un plan durante la Guerra Fría para contrarrestar las ventas de armas de la Unión Soviética y para controlar su influencia en el Oriente Medio a la vez que se incrementaban las ganancias para EEUU. Después de la Guerra de los Seis Días en junio de 1967, los EEUU, impresionados por la victoria de Israel contra Egipto, Jordania y Siria, incorporaron a Israel como un bien vital.
La ayuda de EEUU a Israel es una garantía de billones de dólares provenientes de los contribuyentes que llenan los bolsillos de los fabricantes de armas. Y, por medio de la represión de los palestinos y las guerras con sus vecinos, Israel sirve de laboratorio para el desarrollo y la prueba de armas a beneficio del Tío Sam.
Alexander Haig, secretario de Estado bajo Reagan, es uno de los muchos funcionarios que han reconocido el valor de Israel para EEUU como un apoderado militar — según las palabras de Haig, "es el portaaviones americano más grande del mundo", el cual no se puede hundir y no lleva ni un soldado de EEUU. Obviamente, desde la perspectiva del imperio, los trabajadores y los soldados de Israel son simplemente carne de cañón.
Donde se equivocan los críticos. El lobby para Israel es una aglomeración de organizaciones sionistas (nacionalistas judíos), cristianos de derecha, políticos a favor de Israel, capitalistas financieros, y judíos estadounidenses ricos que apoyan los intereses corporativos de EEUU en el Oriente Medio. La cooperación de los distintos integrantes del lobby creció, y su fuerza se incrementó, después de la Guerra de los Seis Días en 1967.
Los críticos del lobby están en desacuerdo debido a sus filosofías políticas.
Los profesores Walt y Mearsheimer representan una perspectiva minoritaria en un debate de la clase dirigente sobre la mejor manera de lograr las metas del imperialismo de EEUU a través de su relación con Israel. Estos se oponen al lobby, pero no a la idea de un estado judío; piensan que Israel debería ser más "justo" con los palestinos. No están de acuerdo que el sionismo, por definición, impida la igualdad de los no judíos en Israel.
Walt y Mearsheimer culpan al lobby de mermar a EEUU como fuerza moral y mediador internacional por la democracia en el Oriente Medio. Sin embargo, esta caracterización benévola de la función de Washington es absurda. Los millones de personas que han sufrido y muerto como resultado de las políticas internacionales de EEUU son una prueba de ello.
El antiimperialista James Petras, según una noción sorprendentemente patriótica, está de acuerdoen que los EEUU y su "democracia" son afectados por el control del lobby sobre las políticas del Oriente Medio. La implicación es que las torturas y asesinatos de EEUU son imitación de las prácticas israelitas.
¿Se le ha olvidado a Petras la Escuela de las Américas, la cual enseñó técnicas de tortura a dictadores del Hemisferio Occidental durante décadas, o el sistema de apartheid en Sudáfrica, basado en la segregación de tipo Jim Crow en el sur de EEUU? ¿No es capaz de ver las semejanzas entre las atrocidades contra los nativos americanos y los palestinos? Inclusive Petras ataca a Noam Chomsky, un crítico mejor conocido del imperialismo de EEUU, pues Chomsky sí hace a Washington responsable de sus crímenes en otros países.
Alexander Cockburn arguye que el lobby hace que disminuya la opinión antiguerra en el Congreso y fomenta la guerra en Irán. Afirma que el enorme apoyo a Israel por parte del Congreso es una ación del poder del AIPAC (Comité de Asuntos Públicos Estadounidense-Israelí) y otras organizaciones judías de cabildeo para Israel.
Sin embargo, el lobby no determina las acciones de EEUU en el Oriente Medio. Lo que motiva a EEUU, antes que nada, es su dependencia en el petróleo de la región — lo cual significa el sofocar la rebelión árabe. Los objetivos de Washington coinciden felizmente con las ambiciones expansionistas de su colega menor, Israel.
Y fundamentalmente lo que impulsa al lobby es un entendimiento común de que Israel no sobreviviría ni un día sin el apoyo de EEUU, y que dicho apoyo no es incondicional. Su misión constante es garantizar que Washington siga convencido de que Israel es un agente leal e indispensable de los intereses de EEUU en el Oriente Medio.
Tanto Petras como Cockburn culpan al lobby del apoyo del Partido Demócrata por la guerra en esa región. No obstante, aparte del lobby, la historia demuestra que los demócratas son un partido de guerra igual que los republicanos, en el Oriente Medio y en el resto del mundo.
La clase aclara. Por rutina, los defensores de Israel acusan a todos sus críticos, incluyendo a los mencionados anteriormente, de ser antisemíticos. Pero el pueblo judío no es lo mismo que el Estado de Israel.
Ésta, sin embargo, es una distinción que mucha gente no reconoce — y, por supuesto, el mismo estado nacionalista judío fomenta la asociación de los dos conceptos. Por esta razón, culpar falsamente al lobby para Israel — con frecuencia denominado el lobby judío — de la política exterior de EEUU que fomenta el antisemitismo. Esto perpetúa el estereotipo de que los judíos son unos intrusos malévolos, que pueden mágicamente dar órdenes al más despiadado imperio en la historia del mundo, lo cual hace de los judíos los chivos expiatorios del imperialismo de EEUU. También desprecia y se burla de todos los judíos que no son simpatizantes sionistas a favor de Israel.
Existen profundas diferencias de clase en el pueblo judío, como en cualquier otro pueblo. Los trabajadores judíos cuentan con una rica tradición de políticas socialistas y de unión a otros grupos para luchar por los desvalidos. No los guía el sionismo, el cual, según su fundador Theodore Herzi, fue creado para proporcionar a los judíos una alternativa a la revolución.
Dichos trabajadores tampoco son "judíos que se odian a sí mismos". Y tampoco son antisemíticos como tampoco lo son muchos otros marxistas y humanistas que critican a Israel.
Al contrario, ellos ven la despiadada sed de lucro como la única explicación racional de las atrocidades de EEUU e Israel. La clase dirigente no quiere paz pues la guerra es indispensable para garantizar su poder y sus ganancias.
¿Qué hará posible la paz? En lugar de ser un refugio seguro para los judíos, es obvio que el estado de Israel es una amenaza para ellos, así como para todos los habitantes del Oriente Medio. Ninguna persona pobre, ningún trabajador ni refugiado está seguro dentro o fuera de Israel.
La historia ha demostrado que el Israel sionista como tierra exclusiva para los judíos es un concepto inherentemente racista y no puede durar mucho. La única solución posible es un estado palestino e israelí secular y democrático, con una economía socialista que haga desaparecer las divisiones y las desigualdades. Cada vez hay más personas que creen que la solución de un estado es la única solución.
El reciente bombardeo de Gaza desató la indignación internacional, incluyendo una rebelión de judíos comprometidos a que se acabe el sionismo. Aunque las encuestas en ese momento demostraron que la mayoría de los israelíes, arengueados por su gobierno y los medios de comunicación, apoyaban el ataque contra Gaza, en Tel Aviv 10,000 israelitas se manifestaron contra este ataque. Jóvenes y soldados israelitas siguen protestando y son encarcelados por rehusarse a ocupar territorios.
La clase trabajadora árabe y judía, unida contra el capitalismo en el Oriente Medio y en los EEUU, puede imbuir la lucha con nuevos ímpetus para llevar la paz a esta torturada región.
Envíale un mail a Adrienne Weller, veterana judía de la organización antifascista, a adrienne.w@earthlink.net.

Manifestantes palestinos sostienen una pancarta con los rostros del presidente estadounidense, Barack Obama, y del espía israelo-estadounidense Jonathan Pollard. -EFE

Palestina recibe a Barack Obama entre protestas

El presidente de Estados Unidos estará en Oriente Medio hasta el viernes para apaciguar los ánimos entre Israel, Palestina e Irán


La referencia más antigua que se tiene del nombre Israel data del año 1210 a. C., grabado en la Estela de Merenptah en la que se cita a Israel como un pueblo, o grupo de gente.
Durante 3000 años, el pueblo judío se ha seguido refiriendo a Israel como su patria, Tierra Santa o la Tierra Prometida, pese a que los romanos pasaron a denominar Palestina (provincia de Siria y Palestina) tras aplastar la Primera Revuelta Judía (66-73 d. C.).
Estas tribus hebreas, que tenían el mismo origen que los amorreos y hablaban un dialecto de la misma lengua semítica que ya se hablaba en Canaán, cruzaron el Jordán alrededor de 1240 a. C., conquistando Jericó, desde donde se extendieron por las regiones montañosas de Judea, de Samaria y de Galilea. Adoptaron el alfabeto y muchos otros aspectos de la cultura cananea. Acabaron por conformar hacia el año 1000 a. C. dos estados confederados, el reino de Israel y el reino de Judá, en oposición militar a los filisteos y otros pueblos. Ambos reinos fueron gobernados por los reyes David y Salomón antes de su separación definitiva (en el año 924 a. C.), hechos que parecen confirmar las evidencias arqueológicas.
Posteriormente, bajo los sucesivos dominios extranjeros de Asiria, Babilonia, Persia, Macedonia, el imperio seléucida, Roma y Bizancio, la presencia de judíos en Palestina se vio sustancialmente disminuida a consecuencia de la expulsión masiva de que fue objeto este pueblo. . En particular, el fracaso de la revuelta judía bajo el Imperio romano ocasionó la principal expulsión de judíos de esta tierra así como la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén.
El pueblo de Israel fue autónomo tan sólo dos veces después del exilio babilónico: durante el dominio seléucida surgió la dinastía hasmonea, oligarquía formada por una familia de sacerdotes judíos. La dinastía hasmonea fue reconocida por el imperio griego y romano y gobernó al pueblo judío hasta la intervención romana.
La segunda autonomía fue el breve período de la rebelión judía de Bar Kojbá (132-135 d. C.), durante el Imperio romano: los judíos establecieron un pequeño estado en el centro del país de Canaán, que era independiente de Roma. Este pequeño estado duró tan sólo tres años, hasta que en el año 135 fuera aplastado por el emperador romano Adriano. UNA VEZ DESTRUIDO EL ESTADO JUDÍO Y EXILIADA GRAN PARTE DE SU POBLACIÓN, LA ANTIGUA TIERRA DE ISRAEL PASÓ A DENOMINARSE "SIRIA-PALESTINA", O SIMPLEMENTE "PALESTINA", NOMBRE DERIVADO DE LOS ANTIGUOS ADVERSARIOS DE LOS JUDÍOS: LOS FILISTEOS.

Pese a todo, siempre existió una exigua comunidad judía en Palestina (territorio que dejaría de denominarse así durante el dominio otomano), que fluctuó considerablemente a través de los siglos. En 1881 existía una población de 20.000 a 25.000 judíos, respecto a una población total estimada de 470.000 habitantes, y cuya presencia principal radicaba en Jerusalén, en la cual hacia 1884 eran una de las etnias mayoritarias, hasta llegar a ser en 1896 mayoría absoluta.
Después de diversas sublevaciones, los romanos destruyeron Jerusalén y obligaron a casi la totalidad de los judíos a huir de Israel, comenzando un largo periodo de exilio conocido como Diáspora. Los judíos de la diáspora anhelaron regresar a Israel durante siglos. Por ejemplo, en 1141 el español Yehuda Halevi realizó un llamamiento a los judíos para regresar a Eretz Israel, efectuando él mismo el regreso a Sión, donde encontró la muerte.
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¿Quién tiene más razón: Israel o Palestina?

He vuelto ya de mi viaje por Israel y Palestina. Fui a ver sobre todo cómo estaban los ánimos. Están tranquilos, aunque la paz será difícil. En otro post ya conté las dificultades del proceso de paz. Aquí quiero responder una pregunta imposible: ¿de qué lado está la razón entre palestinos e israelíes?

Esta tierra es mía
Palestina fue la tierra de los judíos desde mil años antes de nuestra era hasta cien años después. Los romanos destruyeron el Templo de Jerusalén y derrotaron a los judíos tras dos revueltas, entre 66-73 y 132-135. Los judíos empezaron entonces su diáspora -su dispersión- por el mundo. A finales del siglo XIX nació un movimiento judío internacional que promovía el retorno a Palestina. Surgió entonces por dos motivos: la persecución de los judíos en Rusia y el caso Dreyfus -un militar judío francés acusado injustamente de traición. Así emergió el sionismo moderno (que defiende la creación de un estado judío en Palestina) y se inició la lenta emigración hacia Palestina.
En aquellos años, Palestina formaba parte del imperio otomano. Nunca fue un país independiente. A lo largo de la historia había sido invadida por persas, árabes, cruzados o mongoles. Ahora era el turno de los turcos. En 1881, en Palestina vivían 457 mil árabes -400 mil eran musulmanes-, cerca de 20 mil judíos y 42 mil cristianos. Desde ese año, el número de judíos crecía, pero nunca se equiparó al de árabes. Los judíos que iban llegando compraban tierras a los árabes. El sionismo tenía esos dos grandes objetivos: la emigración y la compra de tierras. Su intención era comprar el territorio, echar a los árabes y repoblarlo de judíos.
A principios del siglo XX, los árabes empezaron a darse cuenta de la estrategia judía y surgió el nacionalismo árabe. Los judíos les llevaban algunas décadas de ventaja y ya se habían dado cuenta de que la creación de un hogar nacional en Palestina no iba a ser fácil. Si alguno soñaba que la tierra prometida estaría vacía, se había equivocado. Allí vivía gente -árabes- que no aceptaba el cambio. Después de descartar la búsqueda de otro lugar para reunir a los judíos, se asumió que la creación de Israel sería violenta.
Al final de la Primera Guerra Mundial, Palestina pasó a manos del imperio británico. En los años 20, las aspiraciones de los judíos ya eran evidentes y la lucha entre ambas comunidades era continua. Los británicos oscilaban entre ambos bandos: dudaban entre contentar el capital judío y sus aspiraciones legítimas o el petróleo árabe y su sensación de traición. Al final dejaron la decisión a Naciones Unidas, que en 1947 votó por la partición de Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe. Empezó la guerra abierta entre Israel y sus vecinos árabes: Egipto, Siria, Jordania, Irak y Líbano. Había ese año en Palestina 1,2 millones de palestinos y 600 mil judíos. A pesar de ser minoría, los judíos hacía años que se preparaban para ese momento, están mejor organizados, consiguen más armas. Y ganan, ganan una y otra vez.
Los palestinos explican con dos razones el proceso que les llevó a la pérdida de parte de su tierra. Primero, los europeos mataron a millones de judíos, lo que es una atrocidad, pero los árabes no tienen por qué pagar las consecuencias; si los judíos merecen un estado, que lo monten en Dakota del Norte, por ejemplo. Segundo, como me decían un día en Jericó: “Tú eres español. Imagínate que un día los árabes vamos a Andalucía y decimos que nosotros pasamos varios siglos allí y que ahora será nuestro otra vez”.
Los dos argumentos son de peso. El segundo, sin embargo, no es exacto. Hoy Andalucía forma parte de España y los árabes que vivieron aquí tuvieron un arraigo menor (Córdoba no era La Meca para los musulmanes; Jerusalén sí que lo es para los judíos) y siempre dispusieron de otro lugar en el que vivir según sus creencias. Además, Palestina siempre ha formado parte de imperios. Cuando los judíos empezaron a emigrar allí en masa ocuparon las tierras donde vivía un pueblo, no conquistaron una parte de un país.
En suma, el argumento de la tierra puede decantarse quizá a favor de los palestinos: ellos vivían solos aquí y ahora tienen que compartir la tierra con unos recién llegados. Pero el asunto no acaba ahí: ¿son los judíos en Palestina unos invasores? ¿Sería tan injusto compartir -separados si juntos por ahora no pueden vivir- Palestina entre esos dos pueblos?

Los judíos sólo podrían vivir en un estado; los árabes, en dos
Desde la creación de Israel, ha habido varias guerras y muchos atentados. Israel ha ganado siempre. Por eso estamos hoy donde estamos. Si los árabes hubieran ganado una de esas guerras, hoy los judíos vivirían en su mayoría de nuevo en la diáspora, en el extranjero. Los habrían expulsado. Pero los judíos han ganado e insisten en su derecho de vivir ahí. Por eso, el conflicto sigue pendiente de solución y sólo hay una: dos estados. Los árabes ya viven en Israel y Palestina; los judíos sólo podrían vivir en Israel.
Los árabes se sienten robados y engañados. Ellos también tienen parte de culpa. Las tierras que los judíos compraron en Palestina las vendían árabes. El trabajo judío de lobby en los pasillos internacionales y su unión por la causa han sido definitivos. Los países árabes vecinos de Israel tenían intereses distintos. Los palestinos sufrieron esta desunión y nunca trabajaron por un solo objetivo: hoy aún es así, en Palestina mandan Fatah y Hamás, que tienen intereses distintos y si es necesario los defenderán con las armas. En las grandes guerras entre árabes e israelíes, la implicación árabe era pequeña. Los judíos, en cambio, luchaban por su supervivencia.
Israel, por supuesto, no ha sido benévolo con los árabes y si podía vaciar un pueblo palestino que quedaba dentro de su territorio, lo hacía. También hay judíos que preferirían que todos los árabes desaparecieran de Palestina. Esa no es sin embargo la opinión del estado de Israel. Los israelíes saben que su única opción es convivir con los árabes y lo aceptan. Los árabes tienen aspiraciones más crudas.
Una de las cosas que más me ha impresionado es cuantos israelíes defienden a los palestinos. No he encontrado a árabes sin embargo que defiendan abiertamente que los judíos pueden vivir allí en un estado propio. Sí que he dado con alguno que dice que vivan todos en un mismo estado. Sería, claro, una trampa: las elecciones las ganaría un primer ministro árabe porque son más. Además, después de lo que ocurrió a muchos judíos en países árabes, pocos israelíes vivirían en un país de mayoría musulmana.
En suma, Israel como estado y los israelíes como pueblo están más abiertos a compartir Palestina y a entender la postura de los árabes. Los árabes, en cambio, quizá porque se sienten robados, no quieren admitir la convivencia al mismo nivel. Los judíos eran sólo unos miles en Palestina y ahora tienen un estado más grande que el árabe y son cinco millones y medio. Se lo han ganado en una lucha que en principio era desigual. ¿Tienen derecho ahora a esa tierra, después de todo? Derecho es una palabra muy grande, pero Israel está ahí. ¿Cuál es la alternativa seria?

El argumento palestino es mejor
En Occidente, la causa palestina tiene más seguidores. Aparte de las lógicas simpatías de cada cual, hay dos motivos: uno, los palestinos son los perdedores o las víctimas -según se mire- y tienen mejor prensa, y dos, es más fácil explicar su desgracia: “Los judíos vinieron a nuestra tierra y nos echaron. Cuando defendimos lo que es nuestro, nos ganaron por la fuerza. Desde entonces, vivimos oprimidos”. Los argumentos de Israel son más intrincados (su gobierno, además, es malo en relaciones públicas): “Nos perseguían por el mundo. A finales del siglo XIX dijimos basta y buscamos un hogar nacional. Sólo podía estar en Palestina. Tras muchas luchas y tras el mayor desastre humanitario de la historia, el mundo nos lo concedió. Desde entonces los árabes no nos dejan compartir esta tierra, que con Jerusalén ha sido desde siempre el centro del pueblo judío. Cuando hemos tendido la mano por la paz, los árabes han querido más. Su único objetivo es echarnos de Palestina, al precio que sea. Nuestra unica esperanza es defendernos día tras día, ser los más fuertes de la región”.
El resumen palestino es claramente más eficaz: más breve y claro. Los dirigentes árabes de otros países usan ese recurso para unir a sus pueblos. Los palestinos son víctimas de esa manipulación. En parte, el mundo árabe no permite que los palestinos acepten una paz “deshonrosa”. Saben sin embargo que no hay otra salida. Pero alargan la agonía con la financiación de ataques terroristas y una retórica amenazante contra Israel. Los palestinos son los que sufren a diario. Nadie defiende su causa por encima de todo, a pesar de que ellos quieran sobre todo vivir en paz. Son el segundo plato. Si el primer ministro Salam Fayad consigue levantar un estado palestino, veremos qué pasa. Ya será algo. Quizá la “lucha” continúe, pero hay que probar toda opción. Israel parece dispuesto a hacerlo, aunque seguirá confiando en sus fuerzas, que pueden agotarse un día, más si su unión y compromiso se debilitan. Palestina, por su lado, por ahora ha confiado en Dios, cuya fuerza quizá nunca llegue. Mejor que confíe también en sus fuerzas, como procura hacer ahora, y se olvide de las pretensiones de los amigos árabes.
Es imposible decidir quién tiene más razón sin entrar en juicios de valor. Si uno cree que Israel debe existir, es sencillo. Si lo contrario, también. El problema es el amplio margen intermedio, pero eso debe solucionarse en las negociaciones. Yo creo que hoy la desaparición de Israel sería terrible. También creo que el camino que ha tomado Cisjordania es bueno. Y, por último, que cualquier solución imprecisa, cualquier parche, cualquier periodo de calma que calme el ambiente y permita vivir a todos en paz unos años, ya es mucho.
Vídeo relacionado :

Lucas 13:35 He aquí, vuestra casa se os deja desierta; y os digo que no me veréis más, hasta que llegue el tiempo en que digáis: "BENDITO EL QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR."

JERUSALÉN
JERUSALÉN: LA CIUDAD SANTA DE LAS TRES RELIGIONES


JERUSALÉN, LA CIUDAD SANTA: Parece una amarga ironía el que a esta ciudad se le llame “Princesa de la Paz”. Desde hace dos mil años no ha habido paz en Jerusalén, la ciudad en que aconteció la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. En ningún lugar santo del mundo han corrido tales ríos de sangre como aquí. En ningún lugar se ha luchado con tal ardor, se ha odiado tan profundamente como en la pequeña ciudad; en las calvas y grises colinas rocosas de las montañas de Judá. Tres religiones mundiales —judaísmo, cristianismo e islamismo— hicieron de ella la manzana de la discordia de su creencia.
Vista de la ciudad de Jerusalén, en el centro la Mezquita de la Roca
Sin embargo, tampoco en ningún lugar se han rezado tantas oraciones como en Jerusalén. Pues, según intenta explicarlo el escritor Peter Bamm en su libro Lugares de la cristiandad primitiva: “El motivo de las rencillas acerca de Jerusalén fue siempre la exageración de una virtud, la virtud de la piedad.” Desde los días de Jesucristo, la ciudad ha sido conquistada once veces y destruida totalmente cinco. Mas sus ruinas siguen guardando los recuerdos del pasado, aunque, según opinión de los arqueólogos, la Jerusalén bíblica descansa bajo una capa de cascotes de 20 m de altura. Por ello resulta tan problemático querer reencontrar, corno viajero de hoy, la Jerusalén de hace 2000 años.

En el año 70 d. de J.C. ocurrió lo que Cristo había predicho: “Jerusalén será hollada por los gentiles, hasta que se cumpla el tiempo de las naciones.” Las legiones de Tito hicieron que la ciudad cayese pasto de las llamas. Al mismo tiempo se roturaron completamente sus alrededores en un radio de 18 km, convirtiéndolos con ello en un desierto calcáreo que aún subsiste hoy. Se derribó la triple muralla, se destruyó y se mancilló el templo de los judíos. Más tarde, los romanos destruyeron totalmente sus pobres restos, cuando los judíos intentaron desprenderse el yugo romano, bajo las órdenes de Ben Kochba (nombre transmitido hasta nosotros por medio de los “rollos del Mar Muerto”). Adriano fundó, sobre las ruinas, una nueva ciudad, Aelia Catolina. Doscientos años más tarde llegó desde Bizancio la piadosa emperatriz Elena para buscar los lugares santos. Buscó y halló el Santo Sepulcro.
Desde este instante, Jerusalén se convirtió en juguete de la historia. En el año 614 fue destruida por los persas, en 637 conquistada por el califa Omar, en 1072 por los seljúcidas, en 1099 por cruzados cristianos. En 1187, el sultán Saladino volvió a arrebatar la ciudad a los caballeros francos, en 1617 asaltaron sus muros turcos osmolíes. En 1917 entró en la ciudad el ejército inglés. Y desde 1948, Jordania e Israel luchan denodadamente por la posesión de la “Ciudad Santa”.
Por mediación de las Naciones Unidas se concertó un armisticio. Ambos contrincantes se quedaron con la parte de la ciudad que en aquel momento ocupaban. Surgió una frontera tan casual como absurda. Una salvaje franja con barreras antitanques y alambres de espinos dividió lo que durante milenios había sido una unidad.
Un solo y muy pequeño acceso unía ambas partes de Jerusalén: la Puerta de Mandelbaum.
Los jordanos prohibieron a los judíos rezar ante el máximo santuario del pueblo hebreo, el Muro de las Lamentaciones. Este muro es el último resto del templo destruido por los romanos. Está compuesto por gigantescos sillares de hasta 1,80 m de alto y 11 m de largo. Once hiladas están cubiertas por las ruinas, catorce todavía son visibles.
Desde la “guerra relámpago” de Israel en la península de Sinaí en junio de 1967 y la conquista de la ciudadantigua de Jerusalén, los judíos piadosos pueden volver a cumplir sus oraciones ante el Muro de las Lamentaciones. Los viernes y días de fiesta, hombres de todas las condiciones con largas barbas grises besan las piedras, llorando la destrucción del templo. ¿Podrán arrodillarse también ante el Muro de las Lamentaciones en el futuro? Nadie en estos momentos puede saber con certeza la respuesta. Aún no ha llegado a su fin la tragedia de la "Ciudad Santa”.
Los santuarios cristianos en Jerusalén han tenido que soportar las mismas desgracias que los hebreos. Para los cristianos es el monte Calvario y el Santo Sepulcro, que en realidad son un solo lugar, el polo alrededor del cual gira todo en Jerusalén. Se camina por un laberinto de intrincadas callejas y de repente se llega ante la fachada románica de la basílica del Santo Sepulcro. Hace una impresión sombría y decadente en ella todos los estilos arquitectónicos de los últimos mil años. En la entrada se topa, para gran sorpresa, con el islam: según un antiquísimo privilegio, el portal de la basílica es abierto por una familia musulmana.
En el centro del gigantesco recinto está la iglesia del Sepulcro dentro de un rosario de capillas, todas las cuales hacen referencia a la historia de la salvación. Una de las capillas está construida sobre la misma roca del Gólgota.
Un hoyo enmarcado en plata indica el lugar donde en un tiempo debió de levantarse la cruz. Bajo la cúpula de la iglesia hay una pequeña capilla de mármol con un atrio, la llamada capilla del ángel. En ella se guarda celosamente la piedra que los ángeles apartaron del sepulcro de Jesucristo. Detrás está el Santo Sepulcro.
Llenan el aire nubes de incienso. Lo iluminan 43 lámparas, cada una de las cuales pertenece a una de Las confesiones cristianas. Los muros están revestidos de mármol.
Los peregrinos, sumidos en oraciones, se arrodillan ante la piedra sobre la que debió de haber reposado, en la tumba, el cadáver del Redentor.
Cinco confesiones, la ortodoxa griega, la católica romana, la siria, copta y los jacobitas, una pequeña comunidad religiosa siria, se han repartido el señorío de la iglesia del Santo Sepulcro. Velan celosamente las capillas, las lámparas y limosnas. Junto a la tumba misma se relevan según un plan fijado hasta el minuto vigilando cuidadosamente de que nadie eche su óbolo en el platillo de la religión equivocada.
Fue una labor científica de tipo detectivesco el fijar los Santos Lugares, conl exactitud, en la Jerusalén varias veces destruida. También en lo que hace referencia a la iglesia del Santo Sepulcro, aún no se está de acuerdo en si realmente se ha construido sobre la colina del Gólgota y la tumba de José de Arimatea. Es demasiado grande el peso de los despojos del tiempo sobre lo que sucedió.
Se sabe de la Vía Dolorosa, la calle a través de la cual Jesucristo llevó su cruz, que, en el transcurso del tiempo, ha cambiado de lugar varias veces. La calle que hoy se llama así, una estrecha callejuela, sólo quiere ser un lugar de piadoso recuerdo. Unas lápidas señalan las catorce estaciones del martirio. La primera está junto al convento de las hermanas del Sión francesas. La decimocuarta y última es la capilla del Sepulcro, en la iglesia del Santo Sepulcro.
Es difícil descubrir bajo el actual Jerusalén la ciudad de Jesucristo. El ajetreo, el comercio junto a los Santos Lugares toma no pocas veces formas repulsivas. Sólo en el jardín de Getsemaní, al pie del Monte de los Olivos, hay tanta paz como hace dos mil años, cuando Jesucristo estuvo allí con sus discípulos. Hoy el jardín pertenece a los franciscanos. El Papa confió a esta orden la vigilancia de los Santos Lugares.
Desde el jardín de Getsemaní se puede echar una amplia mirada sobre la ciudad con sus volubles murallas. Jesucristo entró en Jerusalén, el Domingo de Ramos, montado sobre una pollina, entre los gritos de Hosanna del pueblo a través de la “Puerta Dorada”. Hasta el siglo VIII, el patriarca griego de Jerusalén entraba cada año en la ciudad por la “Puerta Dorada”. Entonces los árabes la tapiaron.
Temían una antigua profecía según la cual un conquistador cristiano entraría una vez en Jerusalén por esa puerta. Mas Jerusalén no es tan sólo santuario de cristianos y judíos; los musulmanes la veneran, después de La Meca y Medina, como tercera Ciudad Santa del islam, pues Mahoma parece ser que subió al paraíso sobre la yegua alada Burak desde Jerusalén.
http://www.portalplanetasedna.com.ar/jerusalen.htm
Jerusalén


Rabino explica por qué los judíos mesiánicos no se consideran cristianos


La división entre judíos y cristianos ocurrió después de la muerte de Jesús, cuando los israelitas habitaban la provincia romana de Judea y los seguidores del cristianismo se esparcieron. 

Los judíos mesiánicos, aquellos que aceptan a Jesús como el Mesías -el ungido de Dios- forman comunidades en muchos países, incluyendo Israel, y se reúnen en las llamadas "sinagogas mesiánicas". 

Estados Unidos es uno de los países con comunidades mesiánicas más fuertes, de las cuales salen misioneros para otras partes del mundo. El rabino Yosef Harvey Koelner, de la sinagoga Beth Avinu, en Florida, explica que aunque su rito es muy parecido al tradicional, con lecturas y cánticos de la Biblia, la diferencia fundamental es que "los judíos ortodoxos todavía están esperando al Mesías y no creen que Y'shua -como se llama a Jesús en hebreo- es el Mesías". 

Añade que los judíos ortodoxos "creen que adorar a Y'shua como el Mesías es idolatría, porque su doctrina dice que un hombre no puede ser igual a Dios".

El rabino hace referencia a que Jesús era judío y predicaba en las sinagogas, donde relataba sus parábolas y salía al paso de los desafíos que le presentaban los fariseos. La mayoría de los judíos de la época de Jesús no creyeron en él porque no vieron cumplirse las profecías tal como ellos las entendían: esperaban un rey que los liberara del yugo romano. Para ellos, Jesús es un personaje histórico, pero ni siquiera es un profeta, tal como lo reconocen los musulmanes.

En el altar de la sinagoga está la Torá -en hebreo- y el Pentateuco, es decir,
los cinco primeros libros de la Biblia, escritos por Moisés. El rabino Koelner explica que los judíos mesiánicos no se consideran cristianos, como el resto de denominaciones o grupos que siguen a Jesús, en el sentido de que siguen siendo judíos y han ‘completado’ su fe al creer en Jesús. "Al principio todos los creyentes eran judíos o gente que asistía a la sinagoga. El contexto del Nuevo Pacto -el Nuevo Testamento- es judío", dice Koelner. 

"Durante el primer siglo después de Cristo había mucho interés en el Judaísmo en el mundo romano y muchos en las sinagogas estudiaban las escrituras hebreas", señala el rabino. Se sabe que Pablo fue quien predicó el Evangelio a los gentiles, es decir, los no judíos.

El rabino explica que pronto la creencia en Jesús empezó a acomodarse a las circunstancias. El emperador Constantino, convertido al Cristianismo, cambió el día de fiesta semanal "porque en el mundo romano había muchos paganos que adoraban a su dios el domingo, día del sol". En esos tiempos, se impusieron reglas "para subyugar a los paganos" y convertirlos al Cristianismo, afirma.

MANTENER LA CULTURA

Creer en Jesús no significa para los mesiánicos cambiar de religión ni abandonar su cultura. "Como judíos mesiánicos es nuestro deseo mantener nuestra cultura, costumbres y creencias, y celebrar el Shabbat -el sábado, el día sagrado-, porque Y'shua dijo que vino a los corderos de la casa de Israel", explica el rabino.

En su opinión, lo que ocurrió cuando se institucionalizó el Cristianismo en Roma -el actual Catolicismo Romano- es comparable con el sincretismo religioso que se dio en América Latina con la llegada de los europeos, con lo cual santos y vírgenes tienen su equivalente en creencias indígenas o cultos africanos.
"Cuando yo era estudiante en México, había un templo católico sobre una colina, pero descubrieron que fue edificada sobre un templo azteca. Fue para subyugar a los indios, que continuaron adorando a su dios en el mismo lugar pero cambiando la forma de su templo. Casi en todos los países de Centro y Sudamérica hay una virgen, porque los dioses de los aztecas, mayas e incas los reemplazaban", relata.


RECHAZO DE LOS JUDÍOS ORTODOXOS

El Judaísmo mesiánico no es reconocido por el Judaísmo tradicional. La relación entre ellos es "de odio", afirma con tristeza Koelner. Richard, uno de los feligreses de la sinagoga que él lidera en Florida, agrega: "No sólo no existe una relación, sino que hay mucha división: los ultraortodoxos no aceptan al resto de los judíos, que consideran ciudadanos de segunda clase".
 
Koelner nació en Chicago y creció como judío ortodoxo. A los 19 años tuvo una experiencia espiritual que terminó haciéndolo creyente en Jesús y que años después lo llevó a formar parte del Judaísmo mesiánico. Ha tenido la experiencia de vivir en Israel, país que considera su patria, pero uno de los problemas de los judíos mesiánicos es que en Israel no hay división entre Estado e Iglesia. "Según la ley rabínica soy judío, pero según la ley de inmigración no, porque cambié de religión y no tengo derecho a vivir en Israel automáticamente".

"Es difícil, porque mi corazón está allá, es mi tierra. En EE.UU. me siento como pez fuera del agua. Estoy esperando el permiso del Ministerio del Interior desde el 2008. ¿Por qué? Porque creo en Y'shua. Me duele mucho", añade.

EL JUDAÍSMO MESIÁNICO 

Esta fe como tal surgió en el siglo XIX en Londres como un movimiento judío-cristiano y paralelamente en Hungría, mientras que en 1915 se organizó en EE.UU. y en 1925 a nivel internacional. Para la década de 1960 se renovó en este último país con el nombre de Judaísmo mesiánico. 

La congregación en Florida, liderada por el rabino Koelne, está integrada por judíos ortodoxos que aceptaron a Jesús, israelíes, afroestadounidenses e hispanoamericanos, desencantados de la Iglesia Católica Romana, evangélicos y personas que están descubriendo sus raíces judaicas, que se remontan al descubrimiento de América.

"En América Latina hay un interés tremendo, porque mucha gente está descubriendo sus raíces judías", comenta, mostrando un libro con los apellidos españoles de origen sefardí, los judíos que fueron expulsados por los Reyes Católicos antes del primer viaje de Cristóbal Colón.

"Hay muchos libros sobre la historia de América Latina y se sabe que de judíos se mudaron al nuevo continente, al principio a Brasil y al norte de México y el Mar Caribe", concluye.
AcontecerCristiano.Net http://www.acontecercristiano.net/2012/04/rabino-explica-por-que-los-judios.html

En el primer libro de la Tora – los primeros cinco libros de la Biblia – Génesis 14:13 nos enseña que Abram comúnmente reconocido como el primer judío (su nombre fue cambiado más tarde al de Abraham) fue descrito como un “hebreo.” El nombre “judío” viene del nombre Judá, uno de los doce hijos de Jacob, y una de las doce tribus de Israel. Aparentemente, el nombre “judío” originalmente se refería sólo a aquellos que eran miembros de la tribu de Judá, pero cuando el reino fue dividido (Israel en el norte y Judá en el sur), después del reinado de Salomón (1 Reyes capítulo 12) se refiere a todos los que pertenecían al reino de Judá, el cual incluía a las tribus de Judá, Benjamín y Leví. En la actualidad, muchos creen que un judío es cualquiera que es un descendiente físico de Abraham, Isaac y Jacob, sin importar de cuál de las doce tribus originales descienda.

Leer más:http://www.gotquestions.org/Espanol/Judaismo-judios.html#ixzz2Oani7dnl


Vídeo de Salvados, CIUDADANO KLINEX : http://www.lasexta.com/videos/salvados/2012-septiembre-17-2012091700018.html


 A mis dieciséis años, intuí que en la contradicción que Jerusalén representa se encontraba la respuesta para ordenar el caos de la existencia humana. Tras recorrer los rincones de la ciudad, ocho años después, descubrí que Jerusalén no es la respuesta. En todo caso, Jerusalén es otra pregunta. Quizás la última. La pregunta final.
Lo insólito en Jerusalén no es una anécdota, sino algo habitual


No es mi intención insultar la fe de los creyentes, pero es una evidencia histórica que la Jerusalén de los tiempos de Jesús se encuentra enterrada a más de setenta metros de profundidad. En Jerusalén, todo es una cuestión de fe, hasta la Historia.

En medio del barrio cristiano se encuentra la iglesia del Santo Sepulcro. Construida en el siglo IV d.C., se dice que está edificada sobre el lugar exacto en el que Jesús fue crucificado. Esto tampoco es cierto. Los estudios modernos de topografía indican que el Gólgota o lugar del calvario se encuentra situado a las afueras de la ciudad, en lo que hoy sería la Jerusalén extramuros. Pero en Jerusalén la verdad es relativa y mucho menos importante que la tradición. 




 Las tres ramas más importantes del cristianismo, armenios, griegos ortodoxos y católicos romanos, se reparten los diferentes altares, en los que recogen suculentos donativos. La lucha por las donaciones es tan fuerte entre las Iglesias, que en más de una ocasión se han producido auténticas batallas campales entre monjes por la usurpación de un altar

Así es la religión en Jerusalén: una contradicción flagrante llena de intereses monetarios enmascarados por la fe.
Al atravesar las calles desiertas del barrio musulmán, sentí que Jerusalén tenía voz propia, más allá de las oraciones y los rezos: una voz que no cesa de preguntar por qué. Por qué tantas muertes, odios y dolor. Las piedras parecían gritar a través del eco de tres mil años. Cuando la Humanidad calla en Jerusalén, la ciudad habla.

El síndrome de Jerusalén es una enfermedad psíquica que afecta a los turistas, cristianos y judíos sobre todo, que visitan Jerusalén. Se manifiesta a través de una psicosis acompañada de delirios en los que los afectados se identifican con figuras de la tradición bíblica como Moisés, el Rey David, San Juan Bautista o incluso Jesucristo,hasta el extremo de creer que son esas personas. Los afectados por el síndrome sienten como una fuerza superior les empuja a propagar el mensaje bíblico. En términos más comunes, diré que el síndrome de Jerusalén es una quiebra del sentido común ante la sobrecarga espiritual que flota en el ambiente. No es poca cosa. Es un problema realmente serio en Jerusalén. De hecho, toda un ala del hospital de Ein Karen de Jerusalén está especializada en tratar este tipo de trastorno. Uno se sorprende al comprobar cuántas personas han padecido este síndrome: desde primeros ministros británicos, pasando por seleccionadores de combinados nacionales de fútbol, artistas… nadie está a salvo. Generalmente, las personas que presentan el síndrome poseen algunos rasgos previos que hacen posible la aparición de este tipo de psicosis religiosa.

En mi caso, el contacto con el síndrome se produjo esa tarde en San Pedro de Gallicantu. Al bajar las escaleras de piedra que dan acceso a la iglesia, en el patio frontal de la misma, me encontré con un grupo de turistas afroamericanos que permanecían en silencio ante un grabado en el que estaba representada la flagelación de Jesucristo. Un guía les explicaba en inglés lo que allí había ocurrido. Me abrí paso entre ellos discretamente y me situé al final de las escaleras. Cerca de mí estaba un miembro del grupo, al que pregunté de dónde eran. Me contestó que de Carolina del Sur, Estados Unidos. En ese momento, el guía finalizó su explicación, y las mujeres del grupo comenzaron a gritar “Oh Jesus, thanks Jesus!”, mientras lloraban y acariciaban el grabado de la pared. Alzaban sus brazos al cielo y se abrazaban. Los hombres enterraban la cara entre las manos y lloraban entre hipos. De repente, una mujer se separó del grupo y se desmayó. Cayó a plomo sobre el suelo mientras los demás gritaban “Aleluya, Aleluya, Aleluya Jesus!”. Hice varias fotografías; incluso grabé un vídeo. No pensé que fuera a encontrarme con algo así. El síndrome de Jerusalén tiene varios grados y me resultó evidente que aquel grupo de peregrinos estaba superado por la religiosidad del ambiente. 







 Le estaré eternamente agradecido a Jerusalén por aquellos diez días: comprendí que lo importante no es encontrar respuestas a las preguntas, sino conseguir hacerse las preguntas adecuadas.
Como dije antes, no conseguí responderme a ninguna de las preguntas que me habían llevado hasta allí. Volví a España con dudas de las que aún no he logrado desprenderme, pero también lleno de certezas. En aquellos diez días, aprendí que lo diferente no nos aniquila. Lo diferente nos fortalece. Que Jerusalén es la suma de todas las almas, de todos los credos, de todos los anhelos de trascendencia. Aprendí, sobre todo, que la paz es posible. Ese es el grito de Jerusalén: paz. Desde su nombre, la ciudad de la paz pide paz. Me resisto a caer en el pesimismo. Creo que algún día el ser humano abandonará las trincheras de la fe y caminará al encuentro del Otro. Que Dios no es otra cosa que Paz. Sé que la paz es posible: yo la sentí mientras los cantos de los minaretes y el repique de las campanas de las iglesias se perdían en mi interior.

Precioso enlace encontrado en FB, completo aquíhttp://todosenfilaindia.blogspot.com.es/2013/03/viajar-solo-jerusalen_29.html


JESÚS, CRISTO HISTÓRICO



Fuentes judías
Entre las referencias a Jesús procedentes del judaísmo, se citan las obras, “Guerra de los judíos” y “Antigüedades Judías” (63-64), del historiador Flavio Josefo. Menciona a Jesús en dos ocasiones; la primera, hasta el siglo XIX, pues aparece, sin excepción, en todos los manuscritos conocidos, se tuvo por autentica, después, fue cuestionada al considerarla una interpolación cristiana; la segunda, comúnmente aceptada como auténtica, es una mención indirecta, en relación con la muerte de su hermano Santiago; una referencia tan escueta y neutral no podía venir de un interpolador cristiano. La autenticidad del pasaje, que transcribimos, ha sido discutida por algunos investigadores, a causa de la afirmación «era el Cristo» y del testimonio de la «resurrección al tercer día, según el vaticinio de los profetas». Al ser el historiador judío, puede hacer pensar en la verosimilitud del texto; no se debe rechazar totalmente el testimonio de Josefo.
«En este tiempo vivió un tal Jesús, hombre excepcional, si es permitido llamarle hombre, pues llevó a cabo obras prodigiosas. Era el maestro de las gentes que se mostraban dispuestas a recibir la verdad; arrastró a muchas gentes entre los judíos y los griegos. Se pensaba que era el Cristo, pero, según el juicio de los principales entre los nuestros, no lo era. Por este motivo, Pilato lo crucificó y le dio muerte. Los que desde el principio le entregaron su afecto, no dejaron de amarle, porque él se les había aparecido vivo al tercer día, tal como lo habían predicho los profetas» (Antigüedades Judías, 18,3 3).
En un segundo pasaje de Antigüedades asegura:
“El joven Anano... pertenecía a la escuela de los saduceos que son, como ya he explicado, ciertamente los más desprovistos de piedad de entre los judíos a la hora de aplicar justicia. Poseído de un carácter así, Anano consideró que tenía una oportunidad favorable porque Festo había muerto y Albino se encontraba aún de camino. De manera que convenció a los jueces del Sanhedrín y condujo ante ellos a uno llamado Santiago, hermano de Jesús el llamado Mesías y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la Ley y ordenó que fueran lapidados. Los habitantes de la ciudad que eran considerados de mayor moderación y que eran estrictos en la observancia de la Ley se ofendieron por aquello. Por lo tanto enviaron un mensaje secreto al rey Agripa, dado que Anano no se había comportado correctamente en su primera actuación, instándole a que le ordenara desistir de similares acciones ulteriores. Algunos de ellos incluso fueron a ver a Albino, que venía de Alejandría, y le informaron de que Anano no tenía autoridad para convocar el Sanhedrín sin su consentimiento. Convencido por estas palabras, Albino, lleno de ira, escribió a Anano amenazándolo con vengarse de él. El rey Agripa, a causa de la acción de Anano, lo depuso del Sumo sacerdocio que había ostentado durante tres meses y lo reemplazó por Jesús, el hijo de Damneo” (Ant. XX, 200-3).
El presentar a Jesús únicamente en una mera condición humana sin más apelativos y que ese modo de expresión tenga paralelos en el mismo Josefo (Ant XVIII 2,7; X 11,2), le presta autenticidad. Lo mismo se puede decir del relato de la muerte de Jesús, cuya responsabilidad, disculpando a Pilatos, la carga sobre los saduceos, sesgo que ningún evangelista ni cristiano habría hecho de forma tan tajante, salvo un fariseo como Josefo, contrario a los cristianos e inclinado a señalarlos en un aspecto hostil ante el pueblo romano. La referencia a los saduceos y la descripción de los cristianos como “tribu” (Guerra III, 8,3; VII, 8,6) hacen muy posible que Josefo se refiriera a Jesús como un “hombre sabio”, cuya muerte, instada por los saduceos, ejecuta Pilatos. Las frases, “si es que puede llamársele hombre”, la referencia como “maestro de gentes que aceptan la verdad con gusto” y la mención de la resurrección de Jesús, posiblemente sean también auténticas.
Flavio Josefo cuenta la historia judía de forma razonablemente completa. Pero al ser su propósito granjearse el favor de Roma hacia los judíos, ha de soslayar o disminuir las cuestiones que pudieran resultar conflictivas y perjudiciales a las relaciones.
Existe otro documento de un eslavo llamado Josefo en una versión árabe, recogida por Agapio en el s. X, de autenticidad problemática. Se trata de un conjunto de interpolaciones no sólo relativas a Jesús, sino también a los primeros cristianos.
Fuentes rabínicas
Posiblemente, los textos históricos relacionados con Jesús más interesantes se hallen en las fuentes rabínicas. Revisten un enorme interés porque provienen de escritores hostiles a Jesús y al cristianismo. Las citas resultan especialmente negativas en su actitud hacia el personaje y, muy sugestivas, porque estas fuentes confirman gran parte de los datos provistos por los autores cristianos.
Libros religiosos judíos, como el Talmud, recogen versiones sobre la vida de Jesús, dando interpretaciones parciales e irreverentes; sin embargo, nunca niegan su existencia histórica. Así, en el Talmud se afirma que Jesús realizó milagros; recalca que eran fruto de la hechicería (Sanh. 107; Sota 47b; J. Hag. II,2), pero no los niega ni los relativiza. Del mismo modo, se reconoce que tuvo muchos seguidores en ciertos sectores del pueblo judío, al indicar que sedujo a Israel (Sanh 43 a); dato coincidente con el texto de Josefo, y de enorme importancia, por estar relacionado con los motivos de la muerte de Jesús. Últimamente, se ha producido, por causas históricas fácilmente entendibles, el intento muy acusado de exculpar a los judíos de la muerte de Jesús. Quizás, con ello, se quiera mostrar que no todos los judíos de entonces fueron responsables de su ejecución y mucho menos los actuales; así, tal corriente historiográfica es acertada. Por el contrario, no se puede afirmar que la condena a muerte de Jesús fue un asunto meramente romano, sin faltar a la verdad histórica. Los Evangelios explican que el inicio del proceso, que condujo a la crucifixión de Jesús, se entabló por las insidias de las autoridades judías que lo tildaban de alborotador. La cuestión, en efecto, se relata en el Talmud, que, incluso señalando, que lo colgaron la víspera de Pascua (Sanh 43 a), descarga toda la culpabilidad de la crucifixión exclusivamente en dichas autoridades.
Las fuentes rabínicas contienen también información interesante sobre la enseñanza y el mensaje de Jesús; en consonancia con los textos evangélicos, el Talmud recoge que Jesús se proclamó Dios e incluso que anunció que volvería por segunda vez (Yalkut Shimeoni 725). Estas indicaciones sobre la divinidad de Cristo y la Parusía han sido desechadas a partir del siglo XIX, como adiciones de los primeros cristianos. No parece que esta argumentación de la Alta Crítica tenga mucha base; es más creíble un texto proveniente de los enemigos rabínicos de Jesús que, a su vez, viene a confirmar las narraciones de los evangelistas.
Son también muy relevantes las referencias a la interpretación de la Torah que sostenía Jesús. En estos últimos tiempos, para limar las asperezas con el judaísmo, se ha intentado achacar a San Pablo la relativización de la Torah, exculpando a Jesús; tal suposición es desmentida por los textos rabínicos, en que se le acusa efectivamente de relativizar el valor de la Ley, lo que lo convierte en un falso maestro y en acreedor de la última pena. Esta discrepancia interpretativa entre Jesús y los fariseos explica, que, en algún texto del Talmud, se le condene incluso a vivir, en el otro mundo, entre excrementos en ebullición (Guit. 56b-57a).
El Toledot Ieshu, obra judía anti-cristiana, datada en el Medioevo pero, seguramente de fecha anterior, vierte su hostilidad contra la figura de Jesús, aunque no niega los aspectos fundamentales de los relatos evangélicos. A partir del s. XIX, se ha optado por reinterpretar a Jesús como hijo legítimo del judaísmo, pero sin aceptar su mesianidad y su divinidad. En ese mismo orden, han ido apareciendo varias iniciativas de parte judía, tendentes a reconocer a Jesús como Mesías y Dios, pero sin dejar la observancia y devociones del judaísmo.
Estos testimonios son de gran valor, muestran que, con Jesús de Nazaret y el Evangelio se origina la expansión del cristianismo. Son importantes al confirmar, como documentos históricos, la existencia de Jesús de Nazaret y las principales verdades de su vida. Y, aunque sea de modo negativo, refuerzan las esencias y fundamento de nuestro Credo: la vida, la muerte en la cruz y la resurrección de Jesucristo; y, de modo implícito, la fundación de la Iglesia, al hacer mención de la extensión del cristianismo como comunidad constituida en Cristo, dispuesta a abrazar el martirio. El cristiano no funda su fe en estos testimonios; cree en la existencia de Jesucristo por la fe, don de Dios. Sin embargo, la razón, en lo humano, se funda en el testimonio de testigos veraces.
Camilo Valverde Mudarra

Catedrático de Lengua y Literatura Españolas,
Diplomado en Ciencias Bíblicas y poeta.

http://www.mundoculturalhispano.com/spip.php?article3603