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miércoles, 3 de octubre de 2012

LECCIONES PARA EL HUMANO








¿Hasta donde puede llegar la fidelidad?...Una conmoverdora histora de amor y fidelidad entre un animal y un ser humano...Homenaje a "Canelo" (el perro de la residencia). Basado en hechos reales con personajes reales. Where could fidelity reach to? "Semper Fi" (faithful forever) is and homage to Canelo, an emotional story about love and loyalty between a man and an animal. Based on true facts and a characters.





Este es Canelo, un ser excepcional. Su dueño, enfermo del riñón, estaba en diálisis, y todos los días Canelo le acompañaba y le esperaba a la puerta. Hasta que un día no salió.Canelo se negó a moverse de allí, y allí vivió esperando, a la puerta del hospital, durante nada menos que doce años. El perro Canelo ha sido toda una institución en Cádiz, y Cádiz ha demostrado que sus ciudadanos también saben ser fieles. Quizás no tanto como Canelo, pero casi. Hace justo seis años que Canelo se fue con su dueño, pero nadie le ha olvidado, hasta el punto de que Cádiz le ha dedicado la calle en que vivió

Seguid leyendo: es una de esas historias que vale la pena conocer. 

Canelo era, para su dueño, compañía y aliento, y cuando enfermó y se vio sometido a diálisis diaria, el perro Canelo le acompañaba hasta la puerta del gaditano Hospital Puerta del Mar, alias “La Residencia”. Espérame aquí, chaval; y Canelo esperaba, matando las largas horas de la diálisis a base de pensar en el momento en que se abriría la puerta y Dueño saldría por ella. Pero un mal día Dueño no salió: su vida se enganchó entre tubos y agujas, y hubo de quedarse ingresado. 
Durante varias semanas, Canelo esperó y esperó. Las enfermeras amigas le traían noticias del amo, recuerdos y besitos, además de comida. Le prepararon una cama de cartones a cubierto, adivinando que el perro no iba a marcharse. Pero su Dueño murió, y Canelo, ay, se negó a entenderlo. Y decidió que allí se quedaba. Y se quedó. 
Intentaron buscarle un hogar, pero fue en vano. El perro Canelo no quiso más hogar que aquel que le hacía sentirse a un paso de su dueño. Los laceros de la perrera municipal cogieron un día a Canelo, porque hubo uno que lo denunció, diciendo que había atacado a su perro. Se movieron los trabajadores de la Residencia y los amantes de los animales y pidieron el indulto de Canelo como los pañuelos blancos de una plaza reclaman la vida de un animal bravo y noble. Los vecinos de la Avenida le adoptaron colectivamente, yCanelo fue el perro de todos. Nunca le faltó comida, ni agua, ni una mantita en invierno, ni las caricias que no podía ya prodigarle el amo, ni una palabra de aliento. El pueblo gaditano aceptó chucho (como animal de compañía), y hasta consiguió que el teniente de alcalde de Sanidad, José Blas Fernández, firmara un decreto perdonándole la vida. 
AGADEN se encargó del tema sanitario, y Canelo era un perro sano, vacunado y con todos los papeles en regla. Y durante doce años, doce, vagabundeó por los alrededores del hospital haciendo de su callejón su reino, a la espera siempre, con la seguridad absoluta de que su dueño no le había abandonado. Doce años, hasta el mal día en que se dejó el pellejo debajo de las ruedas de un coche, o, quién sabe, pensó “mucho está tardando este, me voy a ver si lo encuentro”. 
Cádiz rinde así homenaje a este perro valiente y leal y le ha dedicado el callejón en que pasó su vida. Por lo menos, que nadie olvide que la lealtad y la fidelidad existen. 

¿UNA CALLE CON EL NOMBRE DE UN PERRO?
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En la trimilenaria ciudad de Cádiz, un animal escribió con letras de constancia y pulso de lealtad, una de las más hermosas páginas que la humanidad recuerde. Lo llamaron "El perro de Cádiz" y "El perro de todos". Incluso, alguien lo definió como canis viator gardirense, es decir, "perro callejero gaditano". 
Este can tiene calle propia. El Ayuntamiento, gracias al empuje de AGADEN (Asociación Gaditana para la Defensa de la Vida y el Estudio de la Naturaleza) y del pueblo entero, le dio su nombre a la vía peatonal adyacente al Hospital Puerta del Mar, donde el chucho pasó sus últimos años. En la citada calle se instaló una rememorativa placa de bronce -obra de la escultora Presentación Navarro-, en la que se lo ve echado, en inequívoca postura de espera.

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Esta historia empezó a rodar al final de la penúltima década del siglo XX, y cuenta con dos protagonistas; un vagabundo doblegado por el padecimiento, y un perro de conducta mansa y silente andar. Para el mendigo su perro lo era todo; amor, amistad, y coraza contra el virulento soplo de la soledad. Y para el perro su dueño significaba el lenguaje pleno reducido a dos palabras; un amigo. Las calles gaditanas los vieron pasar enhebrando paseos y alegrías; el hombre vigilando su can con la amplitud de su cariño, y el can husmeando en cada rincón, y enredándose en breves carreras con oponentes imaginarios.
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El indigente, una persona de salud quebrantada, albergaba en su interior un desagradable invasor; una enfermedad renal que le exigía someterse a diálisis cada semana. El perro, cual sombra asociada, iba con él hasta la entrada del Hospital Puerta del Mar.
Aquella mañana el mendigo se despidió de su mascota:
-Espérame aquí, compañero.
Y el "compañero", como siempre, se quedó allí; firme.

Pero ese día la dolencia derivó en gravedad, y el paciente fue ingresado de urgencia. Mientras tanto, el chucho calmamente aguardaba al amigo. 
Y se produjo lo inevitable, ¡la muerte llegó sin preámbulos y al enfermo le firmó el fin de su existencia!
El perro desconocía que el amor y las caricias nunca más tornarían.

Por la puerta que enmarcaba el regreso, el amigo no salió. Tal vez la muerte, en un gesto bondadoso, le dio otro camino a la retirada, librando al animal del trauma de la separación.
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Las horas fueron cayendo en el depósito del tiempo, y el portento del reencuentro se resistía a mostrar su rostro amable. En la memoria del can resonaba la frase que marcaría el comienzo de su desamparo: "Espérame aquí, compañero". Y ahí se mantenía, repasando con mirar prolijo las figuras de quienes abandonaban el centro sanitario.



Las jornadas pasaron y las preguntas corrieron rumbo al entendimiento de Cádiz; ¿qué hacía ese perro en la puerta del hospital? ¿Por qué sus ojos siempre estaban clavados en la entrada? ¿Por qué volvía cuándo lo espantaban? La búsqueda de respuestas fue abonando la curiosidad popular. Empero, pronto la verdad destapó la razón del extraño comportamiento; el perro aguardaba a su dueño, y su dueño había muerto al otro lado de la puerta. 
Rápidamente el drama del animal empezó a hallar cobijo en todas las conversaciones, y se referían a él por el apelativo de Canelo, el color de su pelo. Y Canelo poco a poco se fue convirtiendo en la personificación de la lealtad. 

 
El personal del hospital, los vecinos, y los taxistas con parada en el lugar, acoplaron el esmero al respeto, y lo atendieron en sus necesidades. Mas, por timidez o por un reflejo de cortesía el chucho rechazaba el agua y la comida. No obstante, en el momento que la debilidad se impuso, la merma de fuerzas le aconsejó aceptar las invitaciones. Comía y bebía con gesto humilde y miradas agradecidas, meneando la cola en réplica a las caricias que le daban.
Muchos quisieron adoptarlo, pero en Canelo la determinación lucía un único tono; la fidelidad. Y la fidelidad lo estancaba en señera actitud, y con la imagen del amigo refugiada en su memoria; deseando verlo aparecer con la sangre renovada, enarbolando una sonrisa, y trayendo en las manos el contacto que premiaría la espera.

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Los días transcurrieron conformando meses, los meses al agruparse formaron años, y los años agigantaron su desdicha en la emoción de la gente. Pero él aguantaba, ungido de firmeza, inaccesible al desaliento, y con la intemperie como abrigo.
Las crónicas de entonces registran: "Desde Estados Unidos llegó una caseta de can para que fuera su vivienda, pero las ordenanzas municipales prohibían su instalación a las puertas del hospital". Canelo ni se inmutó por la rigidez del Ayuntamiento, y continuó siendo lo que siempre había sido; un "sin techo".

La triste historia de este perro triste obtuvo resonancia nacional e internacional. De él se ocuparon numerosos medios de comunicación, y apareció en los noticieros de todo el mundo. La BBC le dedicó un documental tierno y conmovedor.

Una mañana, Canelo sintió que algo en forma de redondel silbaba sobre su cabeza, y antes que el instinto lo catapultara al salto de la fuga, la cuerda aterrizó en su cuerpo y un tirón apretó el nudo del rigor cortándole la respiración. Quedó con las patas abanicando el aire, haciendo de la impotencia el cepo de su desesperación. Los laceros lo llevaron a la perrera. Sin una queja, Canelo integró su mansedumbre en los ladridos de los otros ocupantes del lugar -verdadero corredor de la muerte para los animales sin hogar-. ¿Qué había ocurrido? Pues, que un caballero presentó una denuncia, quejándose de la permisividad otorgada al can tan cerca del acceso al hospital, sin contemplar el riesgo para la salud pública.
La reacción no tardó en emerger; los gaditanos, con AGADEN al frente, se aunaron en el grito y arremetieron contra las autoridades municipales. El empeño popular obró el prodigio de la rectificación. El Ayuntamiento decidió poner en la liberación una vertiente de simpatía, y lo convirtió en "perro indultado" (privando así a la perrera de su huésped más ilustre). La presión del pueblo salvó a Canelo del "aislamiento preventivo" y de la guadaña sanitaria.
AGADEN se hizo cargo de él, y tras vacunarlo y desparasitarlo, le arregló la documentación a fin de que dejara de ser un "sin papeles". Y nuevamente hubo personas que intentaron adoptarlo. Intentos baldíos, ya que se escapaba y volvía al sitio; a la atalaya de la expectativa. A él le constaba que su amigo entró por ahí y por ahí tendría que salir.
El 9 de diciembre de 2002, días antes que el nuevo año desembarcara con sus campanadas, brindis y alegría, Canelo, ahogado por la espera, cruzó una calle en pos de un respiro, y la muerte vino a su encuentro montada en el ímpetu motorizado. En las inmediaciones del Hotel Playa Victoria, el descuido de un conductor lo descabalgó de la vida. El desaprensivo, al amparo de los reflejos de la chapa de su automóvil, huyó a ocultarse entre los pliegues del anonimato. Canelo acabó tumbado, vencido; sintiendo los pulmones en fase decreciente, y maquillando el rostro del asfalto con su sangre generosa.
La noticia ¡estremeció la ciudad! ¡La mudez se apoderó de las gargantas! Los niños mordieron sus risas, la actividad arrió banderas, la ambición detuvo los vaivenes, y el pueblo buscó en los corazones una lágrima de consuelo. En la atmósfera se palpaba el desgarro del silencio. A los ojos de Cádiz subió la tristeza, y el pesar congeló todos los gestos; el perro más querido se había marchado a los puertos del adiós.

Así concluyeron doce años de inútil espera. Doce años consumidos palmo a palmo, minuto a minuto, mirada a mirada; ensamblando luces y sombras, fríos y calores, céfiros y tormentas. Canelo, al morir, su postrer pensamiento viajó hasta el añorado amigo, llevándose cual regalo de despedida, el recuerdo del arrullo de sus palabras, la tibieza de su mano cariñosa, y el tintineo de su sonrisa.

La vida de Canelo se escurrió por la estela dibujada con su lealtad, pero nos dejó lo único que nos podía dejar; un inolvidable mensaje de amor. El olvido no ha borrado su huella. Su infelicidad permanece engarzada a la memoria de aquellos que lo amaron. Gente que tránsida de emoción, al pie de la placa estampó esta leyenda: "A Canelo, que durante 12 años esperó a las puertas del hospital a su amo fallecido. El pueblo de Cádiz como homenaje a su fidelidad. -Mayo de 2003". 




Este modesto animal, ergo haber vivido en estado de abandono, pasó a ser la musa de una pléyade de artistas, saltanto de las bellas artes a la música, y de la música a las letras. Miguel Torres López lo incluyó en su novela "Los que esperan". Pépin Muriel le dedicó el libro infantil "El perro Canelo". El poeta Juan Pablo le hizo un poema "A Canelo", al que pertenecen estos versos: "Te encuentro siempre triste y abatido, pero atento adonde tu mirada alcanza, porque aún no has perdido la esperanza, ni aceptas que tu amo se haya ido". 




Si los deseos tienen alas, mis pensamientos vuelan hacia ese recodo de la esperanza, donde seguramente están Canelo y su dueño; unidos para siempre en el abrazo que la felicidad concede a las almas puras.





El gobierno de Castilla-La Mancha transforma refugios de fauna en cotos de caza


El gobierno de Cospedal, siguiendo su decidido apoyo a la caza, desclasificará en breve las Áreas Protegidas de Castilla-La Mancha, permitiendo así la caza en estas zonas.
El gobierno de Castilla-La Mancha transforma refugios de fauna en cotos de caza

http://www.pacma.es/n/13826

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Hachikō ( el perro fiel )


Esta es una de las historias que más me gusta de Japón, y es real.
Hachikō es una estatua que hay justo en la salida de la estación de Shibuya, Japón. Representa a un perro sentado de raza Akita.
La historia, la verdad, para mi es bastante triste.
Hachiko nació en Noviembre de 1923 en Odate, provincia de Akita. Era macho y de color blanco.

*Hachiko con avanzada edad.
Cuando tenía 2 meses fue enviado a la casa de un profesor del departamento de Agricultura de la universidad de Tokio, el Dr. Eisaburo Ueno. El profesor lo acogió y pensó en buscar a su dueño, pero al cabo del tiempo se encariño con él y se lo quedo.
El perro quería muchísimo a su amo, pero no podía acompañarle hasta la universidad, aunque todos los días le acompañaba andando  hasta la estación de Shibuya, donde se despedía de él. Después Hachiko iba hasta la plaza que había enfrente de la estación y se sentaba a esperar que su dueño llegara. Esto sucedía siempre, día tras día.
Gracias a esto el dueño y su perro se volvieron muy famosos, y por los alrededores todo el mundo conocía su historia.
Pero el 21 de Mayo de 1925 por la tarde la salud del profesor empeoro drásticamente, llevaba varios días malo, pero esa tarde le dio un ataque cardiaco mientras estaba en la universidad. Y falleció antes de poder llegar a su casa.
Pero el perro seguía esperándole en la placita. La noticia se difundió rápidamente por todo el mundo que transitaba la estación normalmente, y todos pensaron en el pobre perro. Incluso intentaron convencerle para que volviera a su casa.
Al día siguiente se volvieron a encontrar a Hachikō en la estación, esperando a su dueño. Así día tras día, daba igual que nevara, lloviera, o hiciera un calor impresionante, Hachikō se pasaba el día sentado esperando a su dueño.Y a la hora a la que solía salir su dueño, sin perder la esperanza, buscaba entre todas las personas de la estación, aunque nunca le encontraba seguía llendo y le seguía esperando.
La historia cautivo a los japoneses, quienes le etiquetaron de héroe y construyeron una estatua en su honor en el mismo lugar donde él esperaba a su dueño. Esta estatua la realizo Andó, un famoso escultor japonés, quien estuvo encantado de hacerla.
Casi un año más tarde, el 7 de Marzo de 1935 Hachikō falleció a los pies de su propia estatua mientras esperaba a su dueño. Murió por su avanzada edad.
Pero todo el mundo siguió recordando esta historia. Como este perro casi sin poder andar seguía lleno a recoger a su amo, pese a que este nunca llegaba.
Durante la guerra todas las estatuas fueron fundidas, y la de Hachikō no iba a ser menos, y además, Andó fue asesinado.
Los japoneses crearon una sociedad para el remplazo de la estatua y decidieron contratar al hijo de Andó, Takeshi Andó, quien también era un excelente escultor.
Hoy día la estatua sigue estando en la salida de la estación de Shibuya, justo en el sitio en el que Hachikō solía esperar a su dueño.Y se ha convertido en un importante lugar.
Los restos de Chuken Hachiko (el leal perro Hachiko) descansan junto a los de su amo el Dr. Eusaburo Ueno.
El nombre de Hachikō viene de Hachi (8 en japonés), y es que su escritura recuerda a la forma de las patas del perro, ya que las tenia un poco arqueadas (ハ).
Esta historia es un claro ejemplo de lo fieles que pueden llegar a ser los animales.
La primera vez que leí esta historia me quede sin palabras, no entiendo como un animal puede llegar a ese extremo de lealtad.
La verdad es que no me imagino lo que debió de sufrir el perro llendo cada día al encuentro de su amo…Los que tengan perro en casa lo comprenderán, porque son unos animales que no son capaces de vivir sin sus amos, su cariño es lo único que necesitan, y eso es precisamente lo que Hachiko iba buscando, pero no pudo encontrar.

Lampo, el perro ferroviario



La estación donde se encuentra la estatua es la de Campiglia Marittima: se trata de un municipio de la provincia de Livorno que aunque lleva al igual que otros de esa zona el apellido Marittima se encuentra más bien retirado de la costa, ya que es un término latino que hace referencia a la comarca, la Maremma (en latínMaritima). La capital municipal se encuentra en lo alto de la colina, y la estación en la llanura -más cerca del mar- no muy lejos de la localidad de Venturina, conocida por sus termas. No es una escala ferroviaria más en la línea tirrénica que une Roma con Livorno y Pisa: en 1892 se abrió un ramal desde Campiglia a Piombino, una ciudad con importante actividad industrial y un puerto que conecta con Elba y otras islas del archipiélago toscano.
Puestos en el lugar de la historia, y tras contrastar las diferentes versiones de la misma, todas coinciden en que en agosto de 1953 llegó un perro a la estación, al parecer en un tren de mercancías. Un perro de lo más común, de raza indefinida, blanco con manchas marrones. Nunca se supo a ciencia cierta de donde procedía, aunque una hipótesis apuntaba a que desembarcó de un barco estadounidense que atracó en el puerto de Livorno. Tras dar algunas vueltas por la estación reconociendo el terreno, busca la compañía de Elvio Barlettani, un trabajador de la estación. Aquí hay discrepancias en las versiones, pero ya sea por iniciativa del propio Barlettani o de su hija lo cierto es que éste termina por encariñarse con el animal, de la misma forma que lo hacen otros empleados y viajeros. Lo bautizan con el nombre de Lampo, que significa destello o relámpago, aludiendo así a su aparición inesperada en la estación.
Lampo habría sido uno más de tantos perros callejeros que frecuentan ciertos lugares de paso si no fuera por otra circunstancia: su afición a viajar. A Barlettani le costaba librarse del perro cuando debía tomar el tren al final de su jornada laboral para regresar a su casa, en Piombino. Un día descubrió a Lampo echado a sus pies mientras viajaba sentado. Por aquel entonces estaba prohibido transportar animales en los trenes italianos, así que durante el breve trayecto lo escondió. Y aunque Barlettani lo llevó a su casa, Lampo despareció después de la cena. Lo realmente sorprendente se descubrió el día después: Lampo había regresado a la estación de Campiglia, tomando el último tren.
Los viajes del perro Lampo se hicieron cada vez más habituales: como cuenta Mirna Barlettani -la hija del trabajador ferroviario- en el vídeo siguiente, muchas veces tomaba el tren en Campiglia por la mañana para llegar a su casa en Piombino y acompañarla al colegio, para regresar luego a su morada habitual. En otras ocasiones los Barlettani se iban al cine y a la salida se encontraban a Lampo esperando por ellos. Lampo aprendió aparentemente los horarios y situaciones de las paradas de los trenes entre ambas estaciones. Un día sin embargo un cambio del andén habitual de un tren con destino Pisa le hizo tomar éste por error, pero el animal descendió sin mayores problemas en San Vincenzo -la siguiente estación- y tomó otro tren en sentido contrario para regresar a Campiglia. Más preocupación causó a Elvio Barlettani cuando se subió en un expreso Roma-Génova, que no hacía ninguna parada hasta Livorno, pero también consiguió retornar.

Algunos directivos de las Ferrovie dello Stato expresaron su malestar cuando la fama del perro viajero empezó a hacerse más grande, ya que un perro que subía y bajaba libremente de los trenes comprometía la imagen de la empresa. Así que en dos ocasiones se le hizo irse de la estación de Campiglia: una vez con destino Nápoles, a donde no llegó ya que se bajó en una estación intermedia y volvió; y en la otra a Barletta (en Apulia) de donde también consiguió volver en tren algo después de un mes. Visto lo cual se terminó por aceptar su presencia en estaciones y trenes, ya que Lampo se había convertido en un símbolo.
Los continuos viajes de Lampo agrandaron su leyenda y así apareció en un programa de la RAI (algunos extractos del mismo están contenidos en el vídeo anterior) y en publicaciones estadounidenses. Hay quien le envió galletas desde Estados Unidos y hasta se temió que quisieran llevárselo a Hollywood. Lo cierto es que Lampo continuó viviendo en la estación de Campiglia Marittima y haciendo viajes en tren por la Toscana y otras regiones italianas, regresando casi siempre al cabo de uno o dos días. Pero los años fueron pasando, y sus sentidos mermándose, y así fue que el 22 de julio Lampo, el perro viajero, murió de la forma más irónicamente macabra posible: atropellado por un tren. El jefe de maniobras de la estación se lo comunicó llorando a Elvio Barlettani. Se decidió enterrarlo bajo una acacia plantada en el andén principal de la estación y sobre su tumba se levantó el monumento a Lampo. También en la sala de espera hay colgadas en la pared abundantes fotografías que recuerdan al perro y sus viajes. Como se ve en el vídeo, la inauguración del monumento fue todo un acontecimiento de la época, dejando escenas tan kistch como entrañables.
Poco después de la muerte de Lampo, Elvio Barlettani escribió un sencillo libro que contaba la historia de este singular can, Lampo Il cane viaggiatore (Lampo el perro viajero), editado en 1962 por la editorial Garzanti y reeditado en sucesivas ocasiones a lo largo de los años. Además el cuento alcanzó gran popularidad en muchos países al ser incluído en las famosas Selecciones del Reader’s Digest. Y gracias al libro, al monumento en la estación de Campiglia y a la expectación que causó en su época, cincuenta años después de su muerte Lampo sigue siendo recordado, como demuestra el reciente vídeo anterior, en el que también se entrevista a Massimo Panicucci, ilustrador de la última reedición de la obra, a cargo de una pequeña editorial de Piombino. Tratándose de un perro con una vida así de excepcional, no es de extrañar, sino más bien algo de lo que alegrarse.

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